La historia del bonete es compleja, como la de otras prendas clericales. La voz latina birretum aparece en testimonios del siglo X, aunque no permite determinar con certeza cuándo surgió la forma que hoy asociamos al bonete. En un principio, el tocado habría tenido aspecto de gorro ajustado, con un pequeño penacho; luego adoptó una forma blanda que podía marcarse al cogerla con los dedos y que acabó desarrollando sus característicos picos.
Durante la Edad Media, llevar la cabeza cubierta en determinadas circunstancias podía constituir un privilegio. En 1268, unas disposiciones del cardenal Ottobono para el clero de Inglaterra prohibieron ciertos gorros a los clérigos, salvo durante los viajes, y establecieron que debían descubrirse en la iglesia y ante sus superiores. Los graduados universitarios de rango superior quedaban exceptuados de esa prohibición; hacia 1320, una glosa jurídica relacionaba el bonete con las insignias doctorales de la Universidad de Bolonia.
Las representaciones del siglo XV muestran bonetes en dignatarios universitarios, cardenales reunidos en cónclave y predicadores. A lo largo del siglo XVI, el uso de tocados de este tipo se extendió a grados inferiores del clero. Con el tiempo, el color pasó a distinguir algunas categorías: el rojo quedó asociado a los cardenales y el violeta a los obispos.