La noción de los trascendentales tiene raíces en la filosofía platónica y aristotélica, pero recibe su formulación clásica en la escolástica medieval. Platón ya intuía en el Banquete y la República que el Bien es la causa suprema de todo lo real, mientras que Aristóteles vinculaba el bien con el fin apetecido por todas las cosas.3 Los Padres de la Iglesia, como San Agustín, profundizaron esta idea al identificar a Dios como Verum, Bonum et Pulchrum, fuente de toda perfección.2
En la patrística latina, autores como San Boecio en su Consolatio Philosophiae afirman que el bien es lo que todos desean, prefigurando la síntesis tomista. Hugo de San Víctor, en sus homilías sobre el Eclesiastés, describe el summum bonum como cabeza de toda sabiduría, hacia el cual convergen todos los bienes.4 Esta tradición culmina en la escolástica, donde los trascendentales se convierten en propiedades coextensivas al ser.
