La evolución del breviario refleja el desarrollo de la liturgia cristiana, desde las prácticas judías primitivas hasta la uniformidad impuesta por la Iglesia universal.
Orígenes en la Antigüedad tardía
Las raíces del breviario se remontan a la oración judía de las horas, adoptada por los primeros cristianos, como se evidencia en los Hechos de los Apóstoles, donde se menciona la oración en el Templo a la hora tercera y novena. En el siglo IV, documentos como la Peregrinatio ad Loca Sancta de Egeria describen ya una estructura de oraciones diarias en Jerusalén, con vigilias nocturnas y laudes matutinas, que influirían en la liturgia occidental. San Benito de Nursia, en su Regla del siglo VI, sistematizó estas horas para los monjes, estableciendo un modelo de ocho oficios diarios que se convertiría en base del Oficio Divino.
Durante la Alta Edad Media, la oración litúrgica requería una biblioteca entera: salterios, antifonarios, leccionarios y homiliarios. La necesidad de portabilidad, especialmente para misioneros y clérigos itinerantes, impulsó la compilación de textos abreviados. En el siglo IX, figuras como Alcuino de York crearon versiones simplificadas para laicos, aunque no propiamente breviarios, mientras que Prudencio de Troyes compuso un Breviarium Psalterii.
Formación en la Edad Media
El breviario como libro unificado emerge en el siglo XI. El manuscrito más antiguo conocido, datado en 1099 y procedente de Monte Cassino, contiene el Oficio completo en un solo volumen, incluyendo salmos, antífonas y lecciones. Inicialmente benedictino, su uso se expandió con la Curia Romana bajo Inocencio III (1198-1216), quien lo limitó al entorno papal como Breviaria de Camera. La Orden Franciscana, fundada por San Francisco de Asís, jugó un rol clave en su difusión: adoptaron una versión portable en el siglo XIII, autorizada por Gregorio IX, que incorporaba la versión galicana del Salterio y facilitaba su uso en misiones. Bajo Nicolás III (1277-1280), este breviario se extendió a las basílicas romanas, allanando el camino para su universalización.
En el siglo XII, autores litúrgicos como Juan Beleth enumeraban los libros necesarios para el Oficio, destacando la urgencia de condensarlos. Para el siglo XIII, el breviario ya reemplazaba progresivamente a los textos separados, aunque variaciones locales persistían en ritos como el ambrosiano o mozárabe.
Reformas postmedievales
El Concilio de Trento (1545-1563) marcó un hito al encomendar la reforma del breviario al Papa, dada la falta de tiempo. San Pío V promulgó el Breviarium Romanum en 1568 mediante la bula Quod a nobis, que unificó el Oficio eliminando duplicidades y revisando leyendas de santos e homilías. Esta edición, conocida como Breviarium Pianum, obligaba a las iglesias sin tradición de al menos dos siglos a adoptarla, aunque preservó ritos antiguos como el de Milán. Revisiones posteriores incluyeron las de Sixto V (alteraciones bíblicas), Clemente VIII (rubricas), Urbano VIII (himnos) y León XIII (correcciones textuales).
En 1911, San Pío X restauró la recitación semanal de los 150 salmos, eliminando repeticiones y priorizando el Oficio dominical sobre fiestas de santos. La reforma de 1955 bajo Pío XII ajustó el calendario, y el Concilio Vaticano II (1962-1965) impulsó una renovación profunda, culminando en la Liturgia de las Horas promulgada por Pablo VI en 1970 con la constitución Laudis canticum. Esta versión simplificó la estructura, amplió las lecturas bíblicas y fomentó la participación laica, manteniendo el carácter público del Oficio.