La bula abre con una afirmación programática: Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El Papa Francisco vincula esta verdad con el núcleo de la fe cristiana: la misericordia «se hizo viva y visible» en Jesús de Nazaret, que alcanza su plenitud en Él.1
El texto conecta esa revelación con la historia de la salvación: el Padre, «rico en misericordia», no cesa de manifestar su naturaleza divina; en «la plenitud de los tiempos» envía a su Hijo para revelar de manera definitiva el amor. Así, quien ve a Jesús ve al Padre.1
«Jesús de Nazaret, con sus palabras, sus acciones y toda su persona, revela la misericordia de Dios.»1



