A lo largo de los siglos, la cancillería papal ha utilizado diversos tipos de documentos, aunque el término «bula» se aplicó generalmente a todos hasta el siglo XV. Sin embargo, las funciones de estos documentos eran variadas:
Constituciones: Decisiones dirigidas a todos los fieles sobre materias de fe o disciplina.
Encíclicas: Cartas enviadas a todos los obispos de la cristiandad o a los de un país específico, para guiarlos en sus relaciones con sus diócesis.
Decretos: Pronunciamientos sobre cuestiones que afectan el bienestar general de la Iglesia.
Decretales (Epistolae Decretales): Respuestas papales a dificultades particulares sometidas a la Santa Sede, que adquirían fuerza de precedente para casos análogos.
Rescriptos: Forma aplicable a casi cualquier carta apostólica solicitada por una apelación previa.
Privilegios: Documentos que conceden favores o exenciones.
Desde el siglo XI hasta el XIII, existió una distinción entre las bulas solemnes y las pequeñas bulas o litterae. Las litterae communes se copiaban en la colección general de registros, mientras que las curiales se guardaban en volúmenes especiales para documentos que, por su forma o contenido, se distinguían del resto.
Dentro de las «pequeñas bulas», se diferenciaban los tituli de los mandamenta. Los tituli eran cartas de gracia —donaciones, favores o confirmaciones— que constituían un «título». Aunque carecían de las suscripciones de los cardenales, conservaban cierta solemnidad, con cláusulas imprecatorias, el nombre del Papa en letras grandes y el sello de plomo unido con cordones de seda rojos y amarillos. Por el contrario, los mandamenta (órdenes o instrucciones papales) observaban menos formalidades pero eran más expeditivos y prácticos, sin cláusulas imprecatorias, con el nombre del Papa en letra capital ordinaria y el sello de plomo unido con cáñamo. Fue a través de estos mandamenta que se llevó a cabo gran parte de la administración papal, tanto política como religiosa.