El Papa Urbano IV y el desafío del siglo XIII
Antes de ser elegido pontífice, Santiago Pantaleón de Curtvert (Urbano IV) había sido archidiácono en Lieja (Bélgica). Esta experiencia previa fue crucial, ya que allí conoció de primera mano los movimientos de espiritualidad eucarística que florecían en el norte de Europa, los cuales reclamaban una fiesta propia para adorar el Santísimo Sacramento.2
Santa Juliana de Cornillon: la mística detrás de la fiesta
La iniciativa de una festividad específica no nació de un decreto burocrático, sino de las visiones de Santa Juliana de Cornillon, una monja agustina que desde 1208 tuvo experiencias místicas en las que veía la luna llena con una mancha negra. La interpretación de esta visión apuntaba a que a la Iglesia le faltaba una festividad litúrgica dedicada exclusivamente a la Eucaristía. Tras años de persistencia, logró que se celebrara de manera local en Lieja, una semilla que Urbano IV expandiría años más tarde a nivel universal.2
El detonante: El Milagro Eucarístico de Bolsena y Orvieto
En 1263, un sacerdote alemán que experimentaba serias dudas sobre la presencia real de Cristo en el pan y el vino consagrados, celebró misa en la localidad de Bolsena. Durante la consagración, la hostia comenzó a sangrar de manera visible, tiñendo el lienzo litúrgico (el corporal).3
Al enterarse del suceso, Urbano IV, que residía temporalmente en la vecina ciudad de Orvieto, ordenó el traslado de las reliquias a la catedral de dicha sede. Este acontecimiento histórico y palpable disipó cualquier vacilación papal, acelerando la redacción y promulgación de la bula al año siguiente.3
