Clive Staples Lewis no nació para ser teólogo: él mismo, según se recoge en estudios sobre su figura, hablaba con cautela sobre su autoridad en cuestiones doctrinales y se remitía a «teólogos reales». En contraste con el mundo académico eclesiástico, Lewis fue principalmente un laico anglicano y un historiador literario, con una vinculación más bien periférica a la facultad de Divinidad de Oxford.1
Y, sin embargo, su «extrañeza» académica no impidió su impacto. Con el paso del tiempo, se describe su papel como el de un intérprete: alguien que ofrece a muchos cristianos un modo de entrar en misterios y doctrinas «sin perderse», gracias a un lenguaje figurativo y cercano. Su eficacia —siempre desde una perspectiva cristiana— reside en que no introduce una doctrina nueva, sino que ilumina el contenido tradicional mediante recursos pedagógicos.5,1

