Fundación
La organización nació el 2 de febrero de 1882 en New Haven, en el estado estadounidense de Connecticut. El principal impulsor fue el sacerdote católico Michael J. McGivney, entonces vicario de la parroquia de Santa María. Participaron también los sacerdotes P. P. Lawlor y varios laicos católicos, entre ellos James T. Mullen, Cornelius T. Driscoll, M. C. O’Connor, Daniel Colwell, William M. Geary, John T. Kerrigan, Bartholomew Healey y Michael Curran. La sociedad quedó constituida legalmente conforme a las leyes de Connecticut el 29 de marzo de 1882.1
McGivney quiso ofrecer a los católicos una estructura de fraternidad, ayuda mutua y defensa de la fe. La organización debía responder especialmente a las dificultades de las familias obreras y de los inmigrantes católicos, que con frecuencia afrontaban pobreza, discriminación religiosa y falta de protección económica tras la muerte del padre de familia.
El nombre de la institución une dos referencias. Cristóbal Colón simboliza la presencia histórica del catolicismo en América, mientras que el término «caballeros» expresa un ideal de servicio, lealtad y defensa de la fe, no una dignidad nobiliaria hereditaria.
Primeros consejos
El primer consejo subordinado recibió el nombre de San Salvador, número 1, y quedó instituido en New Haven el 15 de mayo de 1882. Después aparecieron nuevos consejos en distintas ciudades y localidades de Connecticut. La expansión fuera del estado comenzó el 15 de abril de 1885, con la fundación de un consejo en Westerly, Rhode Island.1
El crecimiento de la organización exigió una estructura de gobierno más amplia. En 1886 nació una forma de consejo supremo compuesto por representantes de los consejos locales. En 1892 aparecieron los consejos estatales, integrados por delegados de los consejos subordinados. Al año siguiente, el Consejo Nacional sustituyó al órgano anterior y asumió la coordinación general de la institución.1
Expansión internacional
A comienzos del siglo XX, los Caballeros de Colón ya estaban presentes en todos los estados y territorios de Estados Unidos, en las provincias de Canadá y en lugares como Terranova, Filipinas, México, Cuba y Panamá. La organización también proyectaba su expansión hacia Puerto Rico y Sudamérica.1
La Santa Sede valoró especialmente la colaboración de los Caballeros de Colón en la construcción de templos y escuelas, la difusión de publicaciones religiosas, la ayuda a sacerdotes misioneros y el suministro de objetos destinados al culto. También reconoció la creación de una capilla móvil para atender espiritualmente a los católicos que vivían en regiones lejanas.2




