Los orígenes de los cabildos catedralicios se remontan a los primeros tiempos de la Iglesia, cuando los sacerdotes y diáconos de la ciudad episcopal auxiliaban al obispo en la gestión de los asuntos eclesiásticos1. Este cuerpo de clérigos era conocido como el Presbyterium1. Con frecuencia, el obispo y el clero compartían una vivienda común, y esta práctica, junto con el modelo de vida monástica, propició la adopción de un estilo de vida uniforme1.
Hacia finales del siglo IV, San Agustín, obispo de Hipona, formalizó esta vida común, y muchos de sus clérigos, al convertirse en obispos, introdujeron reglas similares en sus propias iglesias1. Se encuentran rastros tempranos de esta vida comunitaria del obispo y sus sacerdotes en España, Italia e Inglaterra1. Particularmente entre los francos, San Crodegango, obispo de Metz (f. 766), organizó a su clero en una comunidad sujeta a una regla, aunque distinta de la de los regulares1. De esta regla, o canon, los miembros del cuerpo recibieron el nombre de canónigos1. Posteriormente, otras iglesias de mayor tamaño, imitando a la catedral, adoptaron un modo de vida similar, lo que dio lugar a la distinción entre canónigos de catedrales y de iglesias colegiatas, siendo algunos seculares y otros regulares1.
En el siglo XI, la figura del deán, que también era arcipreste, asumió el gobierno interno del capítulo, desplazando al arcediano como principal dignatario1. En algunas regiones, este dignatario es conocido como preboste1.
