La palabra ascética procede del griego áskēsis, que alude al ejercicio y al entrenamiento. En la tradición cristiana designa la práctica perseverante de la vida espiritual y moral. La penitencia, por su parte, comprende tanto la conversión interior como los actos que manifiestan esa conversión. San Juan Pablo II describe este proceso como un cambio del corazón que, impulsado por la Palabra de Dios, transforma la conducta y orienta toda la existencia hacia una vida mejor. La penitencia cristiana incluye la ascesis: el esfuerzo cotidiano, sostenido por la gracia, por abandonar lo que aparta de Cristo y vivir conforme a él.1
La conversión no queda reducida a una decisión interior o a un momento aislado. La penitencia auténtica da fruto en las obras y afecta a las relaciones con Dios, con uno mismo y con los demás. El pecado rompe esas relaciones; la conversión procura repararlas mediante una transformación interior que llega a la vida práctica.1
