El impulso del Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II redescubrió la dimensión carismática de la Iglesia, describiéndola como una «renovación Pentecostal» que dinamiza la vida del Pueblo de Dios1. Esta renovación se manifestó en la aparición de movimientos y comunidades eclesiales que, bajo la guía del Espíritu, buscaban una experiencia más intensa del bautismo y del Espíritu Santo2.
Primeras experiencias carismáticas
Los primeros grupos carismáticos surgieron a finales de los años sesenta, impulsados por la necesidad de «vivir más plenamente su dignidad bautismal» y «conocer el poder redentor de Cristo en una experiencia más intensa de oración individual y grupal»2. El Papa Juan Pablo II reconoció en 1987 que la Renovación Carismática era una «manifestación elocuente de la vitalidad juvenil» de la Iglesia, señalando su origen como fruto del Espíritu tras el Concilio3.
