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Camino contemplativo

El camino contemplativo es la forma de vida espiritual orientada a la unión amorosa con Dios mediante la oración interior, la escucha de la Palabra, el silencio, la conversión del corazón y la contemplación de Jesucristo. La tradición católica distingue entre la vida contemplativa, propia de quienes reciben una vocación monástica o consagrada específicamente contemplativa, y la dimensión contemplativa que corresponde a todo bautizado, también en medio de la familia, el trabajo, el apostolado y las responsabilidades sociales.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCamino contemplativo
CategoríaTérmino
DescripciónVida espiritual enfocada en la unión con Dios a través de la oración contemplativa y el amor a Cristo. Forma de vida espiritual orientada a la unión amorosa con Dios mediante la oración interior, la escucha de la Palabra, el silencio, la conversión del corazón y la contemplación de Jesucristo. El camino contemplativo es la dimensión de la vida cristiana que busca la unión amorosa con Dios mediante oración interior, silencio y conversión del corazón, tanto para religiosos con vocación monástica como para todos los bautizados en su vida familiar, laboral y apostólica. Se distingue la vida contemplativa monástica, propia de institutos específicos, de la dimensión contemplativa que permea la vida activa de los laicos. La tradición patrística, la liturgia, el Catecismo y documentos del Magisterio (p. ej. Vultum Dei Quaerere, Cor orans) sustentan su fundamento bíblico y doctrinal
Referencias
ContextoVida de oración cristiana dentro de la Iglesia, presente en comunidades monásticas y en la espiritualidad laica.
Contexto HistóricoRaíces en la Sagrada Escritura, la liturgia y los Padres del desierto; desarrollo en la tradición monástica; reafirmado por el Concilio Vaticano II y documentos magisteriales recientes.
ImportanciaElemento esencial de la existencia cristiana; fomenta la fe, la esperanza y la caridad, y orienta la acción apostólica a partir de la unión con Cristo.
Importancia EclesialReconocido por el Magisterio como fuente de gracia y crecimiento espiritual; regulado por instrucciones como Cor orans y la Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere.
Personas Relacionadas
TipoTérmino teológico
VirtudesHumildad; Caridad; Paciencia; Obediencia; Compasión

Tabla de contenido

Concepto y significado

La palabra contemplación procede del ámbito de la mirada atenta y designa, en la tradición cristiana, una atención amorosa a Dios y a sus misterios. El camino contemplativo no consiste en una simple técnica de relajación, en una experiencia estética ni en la búsqueda de fenómenos extraordinarios. Su centro es Dios mismo, conocido y amado en Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo.

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica define la oración contemplativa como:

«Una mirada sencilla sobre Dios en el silencio y el amor».1

Esta oración constituye un don de Dios y un acto de fe por el que la persona busca a Cristo, se abandona a la voluntad amorosa del Padre y se pone bajo la acción del Espíritu Santo.1

El camino contemplativo implica, por tanto, una relación personal y viva con la Santísima Trinidad. La persona no intenta fabricar artificialmente una experiencia espiritual, sino disponerse con humildad a recibir la gracia, responder a ella y permitir que transforme progresivamente su inteligencia, su voluntad, sus afectos y su conducta.

Fundamento bíblico y cristológico

Jesucristo, centro de la contemplación

La contemplación cristiana tiene como objeto principal a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La oración contemplativa fija la mirada de la fe en su persona, en sus palabras y en los misterios de su vida, especialmente en su pasión, muerte y resurrección.2

La tradición cristiana contempla a Jesús como modelo de oración. Durante su ministerio público, Cristo buscaba momentos de soledad para vivir su comunión filial con el Padre. La contemplación no lo apartaba de la misión, sino que alimentaba su obediencia y su entrega.

El papa Francisco explicó que la oración contemplativa consiste en fijar silenciosamente la mirada de la fe en Jesús, meditando su Palabra y sus misterios salvadores. Esa mirada permite experimentar el amor de Cristo, purifica el corazón y capacita para mirar a los demás con la verdad y la compasión del Señor.3

La Transfiguración

La Transfiguración ocupa un lugar significativo en la teología de la contemplación. Cristo sube al monte, se manifiesta en su gloria y prepara a los discípulos para afrontar el escándalo de la cruz. La experiencia del monte no constituye una evasión permanente de la historia: los discípulos deben descender después para continuar la misión.

La tradición monástica ha visto en este episodio una imagen de la vida contemplativa. Cristo se retira a la montaña sin abandonar la comunión con sus discípulos; la soledad y la comunión, lejos de excluirse, pueden integrarse en una existencia enteramente orientada a Dios.4

La escucha de la Palabra

La contemplación cristiana es también escucha obediente de la Palabra de Dios. La persona contemplativa no adopta una actitud de pasividad psicológica ni busca vaciar la mente de todo contenido. Permanece atenta a Dios, acoge su voluntad y responde mediante la fe, la esperanza y la caridad.2

La Sagrada Escritura, especialmente los Evangelios, ocupa un lugar privilegiado. La lectura orante de la Biblia -en particular la lectio divina- conduce de la comprensión del texto a la conversión personal y a la unión con Cristo.

Raíces patrísticas y tradición espiritual

La tradición contemplativa católica hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en la liturgia y en la enseñanza de los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos. El monacato cristiano nació y maduró dentro de este marco doctrinal, no a partir de relatos hagiográficos aislados ni de la mera admiración por fenómenos extraordinarios.

Los Padres del desierto, san Juan Casiano, san Agustín, san Gregorio Magno, san Gregorio de Nisa, san Basilio y otros autores antiguos reflexionaron sobre la purificación del corazón, el combate espiritual, el silencio, la oración y la unión con Dios. La tradición latina y la griega emplearon lenguajes diversos, pero coincidieron en presentar la contemplación como fruto de la gracia y como culminación de una vida ordenada por la fe y la caridad.

San Juan Casiano relacionó la retirada de Cristo a la montaña con la necesidad de apartarse interiormente de la agitación y de la dispersión para buscar a Dios con un corazón puro e indiviso.4

La espiritualidad patrística considera la pureza de corazón una condición fundamental para la contemplación. Esta pureza no significa ausencia absoluta de tentaciones o de debilidades psicológicas, sino una progresiva unificación de la persona en torno a Dios. El corazón deja de dividirse entre deseos desordenados y aprende a amar según la verdad.

La tradición monástica recibió de los Padres varias convicciones esenciales:

  • La oración exige conversión de vida.
  • El silencio exterior favorece el silencio interior, aunque no lo garantiza automáticamente.
  • La soledad cristiana nunca equivale a aislamiento egoísta.
  • La contemplación nace de la gracia y reclama cooperación humana.
  • La caridad hacia Dios y hacia el prójimo verifica la autenticidad de la oración.
  • La liturgia constituye la fuente y la culminación de la vida espiritual.

Las expresiones de la oración

La tradición católica reconoce tres grandes expresiones de la oración: vocal, meditativa y contemplativa. Las tres comparten la atención del corazón a Dios y la acogida de su Palabra.2

Oración vocal

La oración vocal utiliza palabras pronunciadas o interiormente formuladas. El padrenuestro, los salmos, el avemaría, las oraciones litúrgicas y las devociones tradicionales pertenecen a esta forma.

La oración vocal no constituye un grado inferior o prescindible. Jesucristo enseñó a sus discípulos el padrenuestro y participó en la oración litúrgica de Israel. La Iglesia ora con todo el cuerpo y con todos los sentidos, porque la persona humana posee una unidad de cuerpo y espíritu.2

Cuando la inteligencia y el corazón atienden verdaderamente a Dios, la oración vocal puede convertirse en una forma inicial de oración contemplativa.2

Meditación

La meditación busca comprender la fe para responder con mayor fidelidad a la voluntad de Dios. Utiliza las facultades humanas: inteligencia, memoria, imaginación, afectividad y voluntad. La persona considera un pasaje evangélico, una verdad de la fe, un misterio de Cristo o una circunstancia concreta de su vida y pregunta: «Señor, ¿qué quieres que haga?»2

Entre los medios tradicionales de meditación figuran:

  • La lectura orante de la Sagrada Escritura.
  • La meditación de los Evangelios.
  • La contemplación de los misterios del rosario.
  • La participación consciente en la liturgia.
  • La lectura de los Padres de la Iglesia.
  • La consideración de la vida de los santos.
  • El examen de conciencia iluminado por la fe.
  • La meditación de la pasión y resurrección de Cristo.

La meditación no persigue acumular ideas religiosas. Su finalidad consiste en transformar el conocimiento en adhesión, conversión y amor.

Contemplación

La contemplación concentra la atención en Dios mismo. Aunque puede incluir pensamientos, imágenes, palabras y afectos, su movimiento principal no consiste en razonar sucesivamente, sino en permanecer ante el Señor con una mirada sencilla y amorosa.

Santa Teresa de Jesús describió la oración contemplativa como una relación de amistad íntima: dedicar con frecuencia un tiempo a estar a solas con quien sabemos que nos ama.2,1

La contemplación exige una voluntad perseverante. La persona no espera a disponer de tiempo libre o de un estado emocional favorable, sino que reserva un tiempo concreto para Dios y permanece fiel incluso durante la sequedad, la distracción o la falta de consuelo sensible.2

Meditación discursiva y contemplación infusa

La meditación discursiva

La meditación discursiva recibe este nombre porque avanza mediante actos sucesivos del entendimiento. La persona considera una verdad, relaciona diversos aspectos, extrae conclusiones, suscita afectos y formula propósitos.

Un ejemplo sería meditar sobre la misericordia divina mediante varias preguntas:

  1. ¿Qué revela la misericordia de Dios?
  2. ¿Cómo aparece en la vida de Cristo?
  3. ¿Qué pecados necesitan conversión?
  4. ¿Cómo debo practicar la misericordia con los demás?
  5. ¿Qué propósito concreto puedo adoptar?

Este procedimiento requiere esfuerzo humano ayudado por la gracia. La imaginación, la memoria y el razonamiento pueden desempeñar una función legítima, sobre todo durante las primeras etapas de la vida de oración.

La meditación también puede adoptar formas afectivas. En ellas disminuye el razonamiento y aumenta el amor, la alabanza, el arrepentimiento o el deseo de entrega. La tradición espiritual clásica habló también de la oración de simplicidad, caracterizada por una atención más estable y sencilla a una verdad o a la presencia de Dios, aunque todavía dentro de la actividad ordinaria de las facultades humanas.5

La contemplación infusa

La contemplación infusa pertenece propiamente al ámbito de la mística. Dios comunica una luz y un amor que la persona no puede producir mediante sus propios esfuerzos. La persona coopera libremente, pero no controla el comienzo, la intensidad ni la duración de esa acción divina.

La tradición clásica denomina infusa esta contemplación porque procede de una iniciativa especial de la gracia. También utiliza el término pasiva, aunque con una precisión necesaria: la persona recibe la acción de Dios, pero responde activamente mediante la fe, el amor, el consentimiento y la entrega. Por eso resulta más exacto hablar de una recepción pasivo-activa.5

La contemplación infusa no se identifica con:

  • Una emoción intensa.
  • Una imaginación religiosa vivaz.
  • Una sensación de paz.
  • Una experiencia de luz o de calor.
  • Una visión, locución o revelación privada.
  • Una suspensión de la conciencia.
  • Una técnica respiratoria.
  • Un estado psicológico de concentración profunda.

Ningún fenómeno extraordinario demuestra por sí mismo una unión más elevada con Dios. El criterio principal reside en los frutos: crecimiento de la caridad, humildad, paciencia, obediencia, desapego, compasión y fidelidad a la Iglesia.

Diferencia esencial

Meditación discursivaContemplación infusa
Avanza mediante razonamientos y consideraciones sucesivas.Dios atrae interiormente a la persona hacia una atención amorosa más sencilla.
Depende de la cooperación ordinaria de las facultades humanas.Procede de una acción especial de la gracia que nadie puede producir por sus propios medios.
Puede iniciarse siguiendo un método.No puede provocarse mediante un método ni exigirse a Dios.
Produce actos de conocimiento, afecto y propósito.Conduce a una unión más profunda mediante la fe y el amor.
Puede practicarse habitualmente con disciplina.Depende de la libre iniciativa divina, aunque requiere disposición y perseverancia.

La contemplación adquirida o la oración de simplicidad ocupa una posición intermedia en algunas clasificaciones clásicas. Mantiene una actividad humana real, pero posee una forma sencilla, afectiva y recogida que puede preparar a la persona para recibir dones contemplativos más profundos. Estas clasificaciones no deben convertirse en esquemas rígidos: la vida espiritual no avanza siempre de manera lineal.

El silencio y el recogimiento

El silencio constituye un medio esencial del camino contemplativo, pero no representa su finalidad última. La finalidad es la comunión con Dios.

El silencio exterior limita el ruido, la conversación innecesaria y la dispersión. El silencio interior ordena los pensamientos y afectos para que la persona pueda escuchar, discernir y amar. La ausencia de palabras no garantiza por sí sola el recogimiento: una persona puede permanecer callada y vivir interiormente dominada por la agitación, la vanidad o la imaginación.

El Catecismo presenta el silencio contemplativo como signo del mundo futuro y como una forma de amor silencioso. Las palabras no desaparecen necesariamente, pero adquieren otra función: alimentan el fuego de la caridad en vez de multiplicar discursos.2

El silencio cristiano tampoco equivale a desprecio del mundo o de la vida social. La persona contemplativa aprende a salir de la dispersión para regresar a las tareas ordinarias con mayor libertad interior.

Conversión, ascesis y virtudes

La purificación del corazón

El camino contemplativo exige una purificación progresiva. La persona necesita ordenar sus deseos, reconocer el pecado, practicar la penitencia y crecer en las virtudes teologales y morales.

La ascesis cristiana no pretende destruir la personalidad ni despreciar el cuerpo. Busca liberar a la persona de todo aquello que impide amar a Dios y al prójimo. Incluye la moderación, la vigilancia sobre los sentidos, la lucha contra el egoísmo, el perdón, la aceptación paciente de las pruebas y la fidelidad a los deberes propios.

La humildad

La contemplación es un don y no un premio que la persona pueda reclamar. La humildad permite recibirla sin apropiarse de ella ni considerarse superior a quienes viven otra vocación.

El contemplativo auténtico evita compararse, buscar reconocimiento o hablar continuamente de sus experiencias interiores. La humildad protege frente a la ilusión espiritual y facilita el discernimiento.

La caridad

La contemplación conduce a la caridad. La mirada sobre Cristo transforma la mirada sobre los demás. El papa Francisco enseñó que la contemplación purifica el corazón y permite contemplar a cada persona con la verdad y la compasión de Jesús.3

Una oración que alimenta la hostilidad, el desprecio, la indiferencia ante el sufrimiento o la autosuficiencia contradice la lógica contemplativa. La unión con Dios se verifica en el amor concreto, en la paciencia y en el servicio.

Vida contemplativa monástica

Naturaleza de la vocación contemplativa

La vida contemplativa monástica constituye una vocación específica dentro de la Iglesia. Monjes y monjas entregan su existencia a la búsqueda de Dios mediante la oración, el silencio, la liturgia, la vida fraterna, el trabajo, la penitencia y la separación del mundo conforme al carisma de su instituto.

El Concilio Vaticano II reconoció la importancia propia de los institutos dedicados específicamente a la contemplación. La Iglesia, por su propia naturaleza, une el celo apostólico con la contemplación y ordena la acción visible a la realidad divina.6

La vida contemplativa no representa una forma de egoísmo religioso. Los monasterios oran por la Iglesia, por el mundo, por los que sufren y por la conversión de todos. La oración comunitaria y personal de los monasterios contemplativos constituye una forma singular de intercesión eclesial.7

Clausura y separación del mundo

La clausura expresa corporal y jurídicamente la entrega a Dios propia de determinadas comunidades contemplativas. No significa desprecio de las personas ni ruptura absoluta con la Iglesia y la sociedad. Representa una separación ordenada al encuentro con Dios, a la oración y a la disponibilidad espiritual.

La instrucción Cor orans presenta el claustro como imagen de la «celda del corazón», lugar donde cada persona está llamada a vivir unida al Señor. La limitación de espacios y contactos favorece la interiorización de los valores evangélicos cuando nace de una respuesta libre y amorosa.8

La clausura papal constituye, en determinados monasterios femeninos, un signo y un medio particularmente expresivo de la separación del mundo. Cada instituto debe vivirla de acuerdo con su carisma y sus tradiciones legítimas.9

Liturgia y vida comunitaria

La contemplación monástica no reduce la oración a una experiencia individual. La liturgia, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas ocupan el centro de la jornada de muchas comunidades contemplativas. La oración común manifiesta que la persona busca a Dios dentro de la Iglesia y no al margen de ella.7

El silencio monástico necesita el equilibrio de la caridad fraterna. La comunidad contemplativa afronta las mismas exigencias humanas que cualquier otra comunidad: convivencia, corrección, perdón, obediencia, trabajo y cuidado de los débiles. La fraternidad no constituye un elemento secundario, sino una prueba concreta de la autenticidad de la contemplación.

Formación

La vocación contemplativa exige una formación inicial y permanente con fundamentos bíblicos, patrísticos, litúrgicos, teológicos y espirituales. La formación debe preparar tanto para la vida de oración como para la responsabilidad de acompañar y formar a otros miembros de la comunidad.10

El conocimiento de la tradición protege frente al sentimentalismo, el sincretismo y la búsqueda indiscriminada de experiencias. También ayuda a integrar la oración personal con la doctrina católica, la liturgia, la disciplina comunitaria y el servicio eclesial.

Dimensión contemplativa de la vida activa

La contemplación pertenece a todos los bautizados

La vida contemplativa monástica no agota el significado del camino contemplativo. Todo cristiano está llamado a vivir unido a Cristo. El apostolado laical obtiene su fecundidad de esa unión, alimentada especialmente por la participación activa en la liturgia y por la oración.11

La familia, el trabajo, el estudio, la enfermedad, la responsabilidad política y el servicio social pueden convertirse en lugares de encuentro con Dios. El cristiano contempla cuando aprende a reconocer la presencia y la voluntad del Señor en los acontecimientos y cuando mira a cada persona como alguien amado por Cristo.

El Concilio Vaticano II enseñó que las ocupaciones familiares y seculares no deben quedar separadas de la vida espiritual. La persona laica progresa en la unión con Cristo cuando cumple sus deberes cotidianos según la voluntad de Dios, con fe, esperanza y caridad.11

Acción y contemplación

La oposición rígida entre acción y contemplación no corresponde a la visión católica. La acción apostólica auténtica nace de la unión con Cristo y conduce de nuevo a ella. La actividad exterior pierde su orientación cuando convierte el trabajo por Dios en olvido del Dios del trabajo.12

En la vida activa, la dimensión contemplativa puede expresarse mediante:

  • La oración diaria antes de comenzar las tareas.
  • La participación consciente en la Eucaristía.
  • La lectura orante del Evangelio.
  • Breves momentos de silencio durante la jornada.
  • La invocación del nombre de Jesús.
  • El examen de conciencia.
  • La entrega de las preocupaciones a Dios.
  • La atención caritativa a las personas concretas.
  • La aceptación cristiana de las dificultades.
  • La acción de gracias en medio de las responsabilidades.

La actividad apostólica y caritativa contiene riquezas espirituales propias. Cuando procede del amor y busca realmente el bien de las personas, puede alimentar la unión con Dios y convertirse en una forma de obediencia a la misión de Cristo.13

Camino contemplativo y discernimiento

Criterios de autenticidad

La Iglesia juzga la vida contemplativa por su conformidad con el Evangelio y por sus frutos espirituales, no por la intensidad de las sensaciones interiores. Entre los signos de autenticidad destacan:

  • Mayor fe en Dios y adhesión a la doctrina católica.
  • Amor más concreto a Jesucristo.
  • Fidelidad a la oración en tiempos de sequedad.
  • Crecimiento de la humildad.
  • Paciencia ante las contradicciones.
  • Mayor capacidad para perdonar.
  • Desprendimiento de la vanidad y del reconocimiento.
  • Amor servicial hacia los pobres y necesitados.
  • Obediencia a la verdad y a la autoridad legítima.
  • Paz profunda que no depende siempre del bienestar emocional.

Riesgos y desviaciones

El camino contemplativo puede sufrir varias deformaciones:

Quietismo

El quietismo entiende de manera errónea la pasividad espiritual y desprecia la cooperación humana, la lucha contra el pecado, las obras de caridad y el cumplimiento de los deberes. La contemplación católica nunca autoriza la indiferencia moral.

Intelectualismo

La acumulación de conocimientos espirituales no equivale a la contemplación. La teología ayuda a conocer a Dios, pero la contemplación añade una adhesión amorosa que transforma la vida.

Activismo

El activismo multiplica tareas religiosas sin interioridad. Una persona puede trabajar mucho por la Iglesia y, sin embargo, olvidar la oración, la escucha y la dependencia de la gracia.

Emocionalismo

Las lágrimas, la consolación, la alegría sensible o la sensación de presencia divina pueden acompañar la oración, pero no constituyen su criterio decisivo. Dios puede purificar y fortalecer a una persona mediante la sequedad.

Sincretismo

La incorporación indiscriminada de técnicas religiosas ajenas al cristianismo puede oscurecer el carácter trinitario, cristológico y eclesial de la oración. La Iglesia aprecia la búsqueda de interioridad, pero pide discernir los métodos a la luz de la fe católica.

Frutos espirituales

La contemplación auténtica produce una transformación gradual. La persona aprende a vivir bajo la mirada de Dios, a reconocer su dependencia de la gracia y a responder con mayor libertad al amor divino.

Entre sus frutos aparecen:

  1. Unidad interior, porque los deseos se ordenan hacia Dios.
  2. Libertad espiritual, porque disminuye la esclavitud al éxito, al prestigio y al consumo.
  3. Compasión, porque la mirada sobre Cristo abre los ojos al sufrimiento ajeno.
  4. Discernimiento, porque la persona aprende a distinguir la voluntad de Dios.
  5. Perseverancia, porque la fidelidad deja de depender del entusiasmo.
  6. Caridad apostólica, porque el amor recibido busca comunicarse.
  7. Esperanza escatológica, porque la contemplación anticipa de forma imperfecta la visión de Dios.

La unión con Cristo no separa al cristiano de la realidad. Lo capacita para habitarla con una mirada nueva y para servir con mayor verdad.

El camino contemplativo como itinerario

El camino contemplativo no constituye una escalera uniforme válida para todas las personas. Cada creyente avanza conforme a su vocación, estado de vida, historia personal, salud, responsabilidades y acción de la gracia.

Aun así, la tradición espiritual reconoce algunos movimientos habituales:

Llamada

Dios atrae a la persona hacia una relación más profunda consigo mismo. La llamada puede manifestarse como deseo de oración, hambre de la Palabra, necesidad de silencio o descubrimiento de la presencia de Dios en la vida ordinaria.

Respuesta

La persona responde mediante la fe, la conversión, la disciplina de la oración y la participación en la vida sacramental de la Iglesia.

Purificación

Dios permite que aparezcan las limitaciones, apegos y resistencias que necesitan transformación. La sequedad y la lucha no significan necesariamente fracaso.

Unión

La persona aprende a permanecer ante Dios con mayor sencillez, a vivir en su presencia y a actuar desde la caridad. La unión plena pertenece a la gloria futura, aunque la gracia permite anticiparla sacramental y espiritualmente en esta vida.

Misión

La contemplación auténtica desemboca en el amor. El cristiano regresa a la familia, a la comunidad, al trabajo y al servicio con una disposición renovada. En la vida monástica, la misión adopta sobre todo la forma de intercesión, alabanza, penitencia y testimonio de la primacía de Dios.

Conclusión

El camino contemplativo constituye una dimensión esencial de la existencia cristiana. Su núcleo consiste en permanecer ante Dios con fe y amor, fijar la mirada en Jesucristo, escuchar su Palabra y dejar que el Espíritu Santo transforme el corazón.

La Iglesia distingue cuidadosamente entre la meditación discursiva, que avanza mediante la reflexión y los afectos, y la contemplación infusa, que nace de una acción especial de la gracia que la persona no puede producir por sí misma. También distingue entre la vida contemplativa monástica, caracterizada por una vocación específica de oración, silencio, clausura y vida comunitaria, y la dimensión contemplativa de la vida activa, accesible a todo bautizado en las circunstancias ordinarias.

La contemplación no conduce a la evasión ni a la pasividad. Su fruto más seguro consiste en una caridad más humilde, una obediencia más fiel y una mirada capaz de reconocer a Cristo en la Iglesia, en los acontecimientos y en cada persona.

Citas y referencias

  1. Parte cuatro - Oración cristiana. Capítulo tres - La vida de la oración. Oración cristiana, promulgado por el Papa Benedicto XVI. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 571 (2005). 2 3
  2. Capítulo tres: la vida de la oración. Catecismo de la Iglesia Católica, 2699 (1992). 2 3 4 5 6 7 8 9
  3. Catequesis sobre la oración: 32. Oración contemplativa, Papa Francisco. Audiencia General del 5 de mayo de 2021 - Catequesis sobre la oración: 32. Oración contemplativa, 1 (2021). 2
  4. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Verbi Sponsa - Instrucción sobre la Vida Contemplativa y sobre el Enclaustramiento de las Monjas, Notas al pie (1999). 2
  5. Contemplación. Enciclopedia Católica, Contemplación (1913). 2
  6. La dimensión contemplativa en la vida religiosa - III. Directrices para institutos específicamente contemplativos, Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares. La dimensión contemplativa en la vida religiosa, 24 (1980).
  7. El acompañamiento y la guía de la Iglesia, Papa Francisco. Vultum Dei quaerere, 7 (2016). 2
  8. Capítulo tres: Separación del mundo - I. Concepto y relevancia para la vida contemplativa, Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica. Cor Orans - Instrucción de implementación de la Constitución Apostólica «Vultum Dei Quaerere», sobre la vida contemplativa de la mujer (1 de abril de 2018), 162 (2018).
  9. La dimensión contemplativa en la vida religiosa - III. Directrices para institutos específicamente contemplativos, Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares. La dimensión contemplativa en la vida religiosa, 29 (1980).
  10. La dimensión contemplativa en la vida religiosa - III. Directrices para institutos específicamente contemplativos, Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares. La dimensión contemplativa en la vida religiosa, 27 (1980).
  11. Capítulo I: La vocación de los laicos al apostolado, Concilio Vaticano II. Apostolicam Actuositatem, 4 (1965). 2
  12. La dimensión contemplativa en la vida religiosa - II. Directrices para institutos de vida activa - A. Integración de la actividad y la contemplación, Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares. La dimensión contemplativa en la vida religiosa, 4 (1980).
  13. La dimensión contemplativa en la vida religiosa - II. Directrices para institutos de vida activa - A. Integración de la actividad y la contemplación, Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares. La dimensión contemplativa en la vida religiosa, 6 (1980).
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