Naturaleza de la vocación contemplativa
La vida contemplativa monástica constituye una vocación específica dentro de la Iglesia. Monjes y monjas entregan su existencia a la búsqueda de Dios mediante la oración, el silencio, la liturgia, la vida fraterna, el trabajo, la penitencia y la separación del mundo conforme al carisma de su instituto.
El Concilio Vaticano II reconoció la importancia propia de los institutos dedicados específicamente a la contemplación. La Iglesia, por su propia naturaleza, une el celo apostólico con la contemplación y ordena la acción visible a la realidad divina.
La vida contemplativa no representa una forma de egoísmo religioso. Los monasterios oran por la Iglesia, por el mundo, por los que sufren y por la conversión de todos. La oración comunitaria y personal de los monasterios contemplativos constituye una forma singular de intercesión eclesial.
Clausura y separación del mundo
La clausura expresa corporal y jurídicamente la entrega a Dios propia de determinadas comunidades contemplativas. No significa desprecio de las personas ni ruptura absoluta con la Iglesia y la sociedad. Representa una separación ordenada al encuentro con Dios, a la oración y a la disponibilidad espiritual.
La instrucción Cor orans presenta el claustro como imagen de la «celda del corazón», lugar donde cada persona está llamada a vivir unida al Señor. La limitación de espacios y contactos favorece la interiorización de los valores evangélicos cuando nace de una respuesta libre y amorosa.
La clausura papal constituye, en determinados monasterios femeninos, un signo y un medio particularmente expresivo de la separación del mundo. Cada instituto debe vivirla de acuerdo con su carisma y sus tradiciones legítimas.
Liturgia y vida comunitaria
La contemplación monástica no reduce la oración a una experiencia individual. La liturgia, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas ocupan el centro de la jornada de muchas comunidades contemplativas. La oración común manifiesta que la persona busca a Dios dentro de la Iglesia y no al margen de ella.
El silencio monástico necesita el equilibrio de la caridad fraterna. La comunidad contemplativa afronta las mismas exigencias humanas que cualquier otra comunidad: convivencia, corrección, perdón, obediencia, trabajo y cuidado de los débiles. La fraternidad no constituye un elemento secundario, sino una prueba concreta de la autenticidad de la contemplación.
Formación
La vocación contemplativa exige una formación inicial y permanente con fundamentos bíblicos, patrísticos, litúrgicos, teológicos y espirituales. La formación debe preparar tanto para la vida de oración como para la responsabilidad de acompañar y formar a otros miembros de la comunidad.
El conocimiento de la tradición protege frente al sentimentalismo, el sincretismo y la búsqueda indiscriminada de experiencias. También ayuda a integrar la oración personal con la doctrina católica, la liturgia, la disciplina comunitaria y el servicio eclesial.