Los sacramentos son signos sensibles, compuestos por palabras y acciones, instituidos por Jesucristo para comunicar la gracia. No representan únicamente una realidad sobrenatural: realizan eficazmente aquello que significan mediante la acción de Cristo y el poder del Espíritu Santo.1
El sacramento utiliza realidades accesibles a la experiencia humana para comunicar una acción invisible de Dios. El agua del Bautismo, la imposición de manos, la unción con óleo, el pan y el vino eucarísticos o el consentimiento matrimonial pertenecen al ámbito visible; la gracia comunicada pertenece al orden sobrenatural. Esta estructura responde a la condición humana, pues la persona conoce a través de signos sensibles.2
La teología sacramental denomina a los sacramentos signos eficaces de la gracia porque producen, por la acción divina, la realidad espiritual que significan. Un sacramento no actúa como una simple exhortación moral, una reunión comunitaria o un símbolo pedagógico. Su eficacia alcanza la intimidad del alma porque Dios utiliza el signo sacramental como instrumento de su acción santificadora.3
