La palabra canon procede del griego kanōn, «regla», y designa la lista de libros reconocidos como inspirados por Dios y normativos para la fe y la moral.1
En sentido tradicional, el canon alejandrino habría sido una colección más extensa que el canon hebreo, vinculada a la comunidad judía de Alejandría y expresada en lengua griega. Esta colección incluiría, junto a los libros recibidos por el judaísmo rabínico, los libros que la Iglesia católica denomina deuterocanónicos:
- Tobías.
- Judit.
- Sabiduría.
- Eclesiástico o Sirácida.
- Baruc.
- Primero de los Macabeos.
- Segundo de los Macabeos.
- Determinadas adiciones griegas a Ester.
- Determinadas adiciones griegas a Daniel.
La denominación «canon alejandrino» resulta útil para describir una tradición bíblica griega de extensión amplia, pero puede inducir a error si presenta como una realidad histórica comprobada la existencia de un catálogo oficial y uniforme de libros sagrados propio de todos los judíos de Alejandría. La Pontificia Comisión Bíblica considera hoy más probable que, en los comienzos del cristianismo, la colección de los Escritos todavía no poseyera unos límites completamente fijados, ni en Palestina ni en la diáspora judía.1



