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Canon Alejandrino

El canon alejandrino es una expresión historiográfica empleada para designar la supuesta colección amplia de libros sagrados utilizada por los judíos helenistas y transmitida principalmente mediante la Septuaginta. La investigación actual considera insuficiente presentar esta colección como un canon judío alejandrino cerrado y perfectamente delimitado. Conviene distinguir entre la traducción griega de las Escrituras, la diversidad de libros empleados por las comunidades judías y cristianas, y el proceso eclesial mediante el cual la Iglesia reconoció sus libros sagrados.

D. Abraham Calovii - Biblia illustrata Vet. Testamenti. - Tomus III., Completens Anotata - title page
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NombreCanon Alejandrino
CategoríaTérmino
DescripciónExpresión historiográfica empleada para designar la supuesta colección amplia de libros sagrados utilizada por los judíos helenistas y transmitida principalmente mediante la Septuaginta. El canon alejandrino describe una tradición bíblica griega de extensión amplia, aunque la investigación actual considera insuficiente presentar esta colección como un canon judío alejandrino cerrado y perfectamente delimitado. Diseña la lista de libros reconocidos como inspirados por Dios y normativos para la fe y la moral, incluyendo los deuterocanónicos
Referencias
  • 14 (1993)
  • Tobías
  • Judit
  • Sabiduría
  • Eclesiástico o Sirácida
  • Baruc
  • Primero de los Macabeos
  • Segundo de los Macabeos
  • Ester
  • Daniel
Conceptos Relatedos
ConsecuenciasReconocimiento eclesial de 73 libros en el canon católico (46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo), conservando una colección más amplia que el canon hebreo.
Contexto HistóricoComunidad judía de Alejandría, mundo judío helenista, los comienzos del cristianismo y la formación gradual del canon bíblico.
DesarrolloProceso histórico y eclesial de recepción progresiva de los libros sagrados, uso litúrgico y discernimiento mediante la tradición apostólica.
Doctrinas Relacionadas
HistoriaLa investigación contemporánea ha cuestionado su exactitud histórica como canon judío uniforme, mostrando que la colección de los Escritos no poseía unos límites completamente fijados al inicio del cristianismo.
Importancia HistóricaPermite describir la tradición bíblica griega de extensión amplia que influyó poderosamente en el cristianismo y en la formación del canon católico.
OrigenContexto judío helenista y traducción griega de las Escrituras (Septuaginta) en Alejandría.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Definición y significado del término

La palabra canon procede del griego kanōn, «regla», y designa la lista de libros reconocidos como inspirados por Dios y normativos para la fe y la moral.1

En sentido tradicional, el canon alejandrino habría sido una colección más extensa que el canon hebreo, vinculada a la comunidad judía de Alejandría y expresada en lengua griega. Esta colección incluiría, junto a los libros recibidos por el judaísmo rabínico, los libros que la Iglesia católica denomina deuterocanónicos:

  • Tobías.
  • Judit.
  • Sabiduría.
  • Eclesiástico o Sirácida.
  • Baruc.
  • Primero de los Macabeos.
  • Segundo de los Macabeos.
  • Determinadas adiciones griegas a Ester.
  • Determinadas adiciones griegas a Daniel.

La denominación «canon alejandrino» resulta útil para describir una tradición bíblica griega de extensión amplia, pero puede inducir a error si presenta como una realidad histórica comprobada la existencia de un catálogo oficial y uniforme de libros sagrados propio de todos los judíos de Alejandría. La Pontificia Comisión Bíblica considera hoy más probable que, en los comienzos del cristianismo, la colección de los Escritos todavía no poseyera unos límites completamente fijados, ni en Palestina ni en la diáspora judía.1

La Septuaginta y el mundo judío helenista

La traducción griega de las Escrituras

La Septuaginta, también llamada versión de los Setenta, es la traducción griega de las Escrituras de Israel. Nació en un contexto judío helenista y permitió que las comunidades de lengua griega accedieran a los libros sagrados en su propio idioma.

Alejandría, uno de los grandes centros intelectuales del mundo antiguo, desempeñó un papel relevante en la difusión de la cultura judía en lengua griega. Sin embargo, la Septuaginta no constituye por sí misma un catálogo canónico cerrado. Una traducción puede transmitir libros considerados sagrados, textos religiosos de autoridad diversa y obras utilizadas para la instrucción o la edificación comunitaria.

La tradición manuscrita confirma esta diversidad. Los grandes códices griegos conservados presentan diferencias en el contenido, especialmente fuera del núcleo más antiguo de los libros bíblicos. Tales variaciones muestran que las comunidades judías y cristianas no manejaron desde el principio una colección idéntica y rígidamente delimitada.2

La Septuaginta no equivale a un canon

La identificación automática entre Septuaginta y «canon alejandrino» simplifica en exceso la historia. La Septuaginta es, ante todo, una tradición textual y lingüística; el canon designa, en cambio, el reconocimiento eclesial o comunitario de determinados escritos como Escritura inspirada.

Además, la Septuaginta que conocemos procede principalmente de manuscritos cristianos posteriores. Por ello, resulta difícil reconstruir con exactitud qué colección concreta recibieron los primeros cristianos de las comunidades judías helenistas. La Pontificia Comisión Bíblica afirma que el cristianismo recibió un conjunto de Escrituras que, dentro del judaísmo, todavía estaba atravesando un proceso de configuración canónica.3

La versión griega pudo contener, junto a los libros principales, obras religiosas de gran autoridad práctica sin que todas ellas hubieran adquirido simultáneamente el mismo estatuto formal. El uso de una obra, su lectura pública y su inclusión en una colección manuscrita no demuestran por sí solos la existencia de una lista canónica oficial.

La formación del canon como proceso histórico y eclesial

La recepción progresiva de los libros sagrados

La formación del canon bíblico tuvo un carácter gradual. Las comunidades del Antiguo Testamento reconocieron determinados escritos como palabra de Dios, los conservaron y los transmitieron como patrimonio común. La Iglesia recibió ese legado y lo interpretó a la luz de Cristo y de la tradición apostólica.4

La Iglesia no comenzó su vida con un catálogo completo y universalmente idéntico. En distintas regiones circularon colecciones diferentes. Los testimonios cristianos de los siglos II y IV muestran el uso de numerosos libros judíos, incluidos aquellos que más tarde no formarían parte del canon hebreo rabínico.5

El Nuevo Testamento también refleja un conocimiento amplio de la literatura religiosa judía. Sus autores conocieron los libros deuterocanónicos y otros escritos que no llegaron a formar parte de ningún canon cristiano definitivo. El conjunto de obras aludidas por el Nuevo Testamento supera incluso la colección que la historiografía antigua denominó «canon alejandrino».3

La autoridad de la tradición apostólica

Para la Iglesia católica, el canon no depende solo de la antigüedad de un escrito, de su lengua original o de la identidad segura de su autor. La tradición apostólica, vivida en la fe, la oración y la liturgia, desempeñó una función decisiva en el reconocimiento de los libros sagrados.6

La Iglesia discernió progresivamente qué escritos habían sido recibidos como inspirados y transmitidos como tales. La acción del Espíritu Santo acompaña este proceso de reconocimiento, que no debe confundirse con una simple decisión administrativa ni con la selección privada de determinados textos por parte de algunos teólogos.4

Libros deuterocanónicos y tradición alejandrina

El contenido de la colección amplia

La colección tradicionalmente asociada al canon alejandrino comprende los libros que la Iglesia católica llama deuterocanónicos. El término no significa que estos libros tengan una inspiración inferior, sino que su reconocimiento histórico atravesó debates y etapas diferenciadas respecto de otros libros.

La tradición cristiana recibió estos escritos, en buena medida, a través de la Biblia griega. Tobías y Judit tuvieron probablemente una historia textual vinculada al arameo o al hebreo; Baruc y Primero de los Macabeos fueron compuestos originalmente en hebreo, mientras que Sabiduría y Segundo de los Macabeos fueron redactados en griego.2

Las adiciones griegas a Ester y Daniel también forman parte de la tradición bíblica recibida por la Iglesia católica. En Daniel destacan el cántico de los tres jóvenes, la historia de Susana y la narración de Bel y el Dragón.

Autoridad litúrgica y catálogo formal

La antigüedad no siempre distinguió con precisión entre libros leídos en la comunidad, libros recomendados para la edificación espiritual y libros incluidos en un catálogo formal de Escrituras. La lectura pública en la Iglesia otorgó a determinados escritos una autoridad práctica y doctrinal, aunque las listas de libros todavía presentaran diferencias regionales.

Un testimonio de la tradición oriental relaciona la canonicidad con la lectura pública «en la Iglesia». Esta relación muestra que la autoridad de un escrito se manifestaba mediante su uso comunitario, no solo mediante la existencia de una lista abstracta.7

La práctica litúrgica, por tanto, constituye un indicio fundamental, pero no siempre permite reconstruir un catálogo cerrado. Un autor cristiano podía citar un libro, emplearlo en una homilía o considerarlo provechoso sin ofrecer una declaración formal sobre su estatuto canónico. Del mismo modo, una lista podía omitir una obra por razones de organización, tradición local o finalidad concreta sin que esa omisión expresara necesariamente un rechazo absoluto.

El llamado canon hebreo y la crítica de la oposición «Palestina-Alejandría»

Durante mucho tiempo, algunos estudios presentaron la historia bíblica mediante una oposición sencilla:

  • Un canon hebreo o palestino, breve y compuesto por los libros reconocidos posteriormente por el judaísmo rabínico.
  • Un canon alejandrino, griego y más amplio, adoptado por los cristianos.

Este esquema posee valor didáctico, pero la investigación contemporánea ha cuestionado su exactitud histórica. La distinción entre un canon palestino cerrado y un canon alejandrino amplio no explica adecuadamente la diversidad de manuscritos, listas y prácticas religiosas antiguas. Las investigaciones recientes, incluidas las derivadas de los descubrimientos de Qumrán, han debilitado la idea de dos cánones judíos perfectamente establecidos y geográficamente separados.8

Durante el nacimiento del cristianismo, la Ley y los Profetas probablemente gozaban de una estabilidad considerable, mientras que la colección de los Escritos presentaba límites menos definidos. Muchos libros religiosos circulaban y recibían lectura comunitaria antes de que el judaísmo fijara de manera exclusiva los límites de su canon.1

Por ello, resulta más riguroso hablar de tradiciones escriturísticas judías diversas, de diferentes grados de autoridad y de un proceso de delimitación progresiva, en lugar de afirmar sin matices la existencia de dos cánones judíos plenamente formados.

El canon alejandrino en la Iglesia antigua

Las comunidades cristianas de lengua griega

Las primeras comunidades cristianas recibieron las Escrituras en un contexto judío plural. Muchos cristianos procedían del judaísmo palestino o helenista, y sus concepciones sobre los libros sagrados reflejaban ambientes distintos. Cuando el cristianismo se extendió por el mundo griego, continuó utilizando los libros transmitidos por el judaísmo helenista en lengua griega.3

La Septuaginta se convirtió en la Biblia de numerosos cristianos. Los autores cristianos la citaron con frecuencia y la emplearon en la catequesis, la predicación y la interpretación teológica. Esta recepción otorgó una autoridad singular a la forma griega de las Escrituras, aunque no todos los autores coincidieran sobre el número exacto de libros que debían considerarse canónicos.

Orígenes y la diversidad oriental

Orígenes conoció las diferencias entre el texto hebreo y el texto griego, así como las divergencias existentes entre las listas de libros. Su trabajo filológico, especialmente la Hexapla, puso de manifiesto la complejidad de la transmisión bíblica antigua.

En Oriente existió una tendencia a comparar el uso cristiano con el canon hebreo, pero esa tendencia no eliminó el empleo de libros ausentes de dicho canon ni desplazó de forma duradera la autoridad de la Septuaginta. La tradición oriental conservó, por tanto, una relación compleja entre el texto hebreo, la Biblia griega y los libros recibidos en la liturgia y en la teología.5

La tradición latina y san Agustín

En Occidente tuvo amplia aceptación una colección extensa de libros del Antiguo Testamento. San Agustín defendió el criterio de la práctica constante de la Iglesia, y los sínodos africanos de comienzos del siglo V adoptaron listas amplias que expresaban el uso eclesial occidental.5

La tradición latina mantuvo así una doble relación textual: utilizó el texto hebreo para determinados libros y recibió otros mediante la tradición griega, normalmente a través de traducciones latinas. Esta situación explica parte de las discusiones medievales sobre la autoridad, la autenticidad y la clasificación de los libros deuterocanónicos.

Del reconocimiento antiguo a la definición católica

La Iglesia católica reconoció definitivamente como canónicos 73 libros: 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. Esta recepción quedó confirmada en la tradición conciliar, especialmente en los concilios de Florencia y Trento. La Iglesia fundamentó esta lista en el uso constante de la comunidad cristiana y en la convicción de que los libros sagrados fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo.5

La definición católica no equivale a una simple adopción retrospectiva de un supuesto canon alejandrino. La Iglesia recibió la Escritura mediante múltiples tradiciones textuales y litúrgicas, discernió su autoridad a lo largo del tiempo y resolvió las dudas mediante su tradición apostólica y su enseñanza conciliar.

El canon católico conserva una colección del Antiguo Testamento más amplia que el canon hebreo rabínico y que el canon adoptado por la mayoría de las comunidades surgidas de la Reforma. La diferencia afecta principalmente a los libros deuterocanónicos y a las adiciones griegas de Ester y Daniel.

Canon alejandrino y canon católico

Coincidencias

El canon tradicionalmente llamado alejandrino y el canon católico coinciden en la importancia concedida a la tradición griega de las Escrituras y en la recepción de los libros deuterocanónicos. La Septuaginta desempeñó un papel decisivo en la transmisión de esos escritos dentro de la Iglesia antigua.2

Ambas realidades también muestran que la Biblia cristiana no nació exclusivamente de una colección hebrea cerrada. El cristianismo recibió la Escritura dentro del dinamismo religioso del judaísmo antiguo, con sus traducciones, colecciones y prácticas de lectura.

Diferencias

El canon católico constituye una definición eclesial precisa: incluye 46 libros del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo. El llamado canon alejandrino, en cambio, describe de manera imprecisa una tradición histórica más amplia, sin que exista evidencia suficiente para afirmar que todos los judíos de Alejandría aceptaran exactamente la misma lista.

Además, la Iglesia católica no fundamenta la canonicidad solo en la procedencia alejandrina de un libro o en su presencia dentro de la Septuaginta. La autoridad canónica deriva de la inspiración divina y del reconocimiento de la Iglesia mediante la tradición apostólica, la práctica litúrgica y el discernimiento doctrinal.

Valor teológico de los libros deuterocanónicos

Los libros deuterocanónicos forman parte integrante de la Sagrada Escritura católica. La Iglesia los considera inspirados y los utiliza para la liturgia, la predicación, la catequesis y la reflexión doctrinal.

Estos escritos aportan temas decisivos para la teología bíblica:

La autoridad de estos libros no depende de que conozcamos con certeza el nombre de su autor humano. La tradición cristiana distinguió entre la autenticidad literaria y la canonicidad: un libro puede formar parte de la Escritura aunque la Iglesia no posea una identificación segura de su redactor. La recepción eclesial constituye un elemento esencial de su autoridad canónica.9

Evaluación histórica

La expresión «canon alejandrino» conserva utilidad cuando designa la forma amplia de la tradición bíblica griega que influyó poderosamente en el cristianismo. Sin embargo, pierde rigor cuando describe un catálogo judío uniforme, cerrado y claramente separado de un supuesto canon palestino.

La historia antigua presenta:

  • Colecciones de libros con límites variables.
  • Diferencias entre manuscritos griegos.
  • Diversidad entre comunidades judías y cristianas.
  • Autores que utilizaban libros sin ofrecer listas formales.
  • Prácticas litúrgicas que otorgaban autoridad antes de una definición canónica universal.
  • Procesos de reconocimiento desarrollados durante varios siglos.

La mejor interpretación católica integra estos datos con la doctrina de la tradición apostólica. La formación del canon no fue una operación editorial aislada, sino el reconocimiento progresivo, bajo la acción del Espíritu Santo, de los escritos que la Iglesia recibió como Palabra de Dios.

Conclusión

El canon alejandrino no debe entenderse como un canon judío perfectamente cerrado y universal, sino como una categoría histórica que describe la tradición griega amplia de las Escrituras y su recepción en el cristianismo. La Septuaginta fue una traducción fundamental para los judíos helenistas y para la Iglesia antigua, pero no puede identificarse sin más con un catálogo canónico fijo.

La Iglesia católica reconoció sus 46 libros del Antiguo Testamento mediante un proceso de tradición, uso litúrgico, discernimiento teológico y definición conciliar. Por ello, el canon católico mantiene una relación profunda con la Biblia griega, aunque su fundamento último no sea una supuesta lista alejandrina, sino la recepción eclesial de la Escritura inspirada dentro de la tradición apostólica.

Citas y referencias

  1. I. - Las sagradas escrituras del pueblo judío son una parte fundamental de la biblia cristiana - E. La extensión del canon de las escrituras - 1. En el judaísmo, Pontificia Comisión Bíblica. El pueblo judío y sus sagradas escrituras en la biblia cristiana (24 de mayo de 2001), 16 (2002). 2 3
  2. Canon del antiguo testamento, Enciclopedia Católica, Canon del Antiguo Testamento (1913). 2 3
  3. I. - Las sagradas escrituras del pueblo judío son una parte fundamental de la biblia cristiana - E. La extensión del canon de las escrituras - 2. En la iglesia antigua, Pontificia Comisión Bíblica. El pueblo judío y sus sagradas escrituras en la biblia cristiana (24 de mayo de 2001), 17 (2002). 2 3
  4. Prefacio, Pontificia Comisión Bíblica. La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 1 (1993). 2
  5. I. - Las sagradas escrituras del pueblo judío son una parte fundamental de la biblia cristiana - E. La extensión del canon de las escrituras - 3. Formación del canon cristiano, Pontificia Comisión Bíblica. El pueblo judío y sus sagradas escrituras en la biblia cristiana (24 de mayo de 2001), 18 (2002). 2 3 4
  6. E., G. Aranda-Pérez. La Sagrada Escritura en el Catecismo de la Iglesia Católica, 14 (1993).
  7. A. Delgado. La unidad de las escrituras, 9 (1972).
  8. Primera parte, Pontificia Comisión Bíblica. La inspiración y la verdad de la Sagrada Escritura, 60 (2014).
  9. J. Revuelta. Los Comentarios Bíblicos de Santo Tomás, 22 (1971).
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