La palabra canon procede del griego kanṓn, cuyo sentido originario era «caña», «regla» o «medida». En el ámbito cristiano pasó a designar la lista normativa de los libros escritos bajo inspiración divina y destinados a la vida de la Iglesia. La canonicidad constituye la autoridad externa y pública que corresponde a los escritos inspirados.1
Los términos protocanónico y deuterocanónico pertenecen a la terminología teológica moderna. El dominico Sixto de Siena introdujo esta distinción en el siglo XVI. La diferencia no afecta al grado de inspiración ni a la autoridad de los libros, sino al momento y al proceso mediante los cuales toda la Iglesia reconoció públicamente su carácter inspirado.2
Protocanónicos son los libros cuya condición sagrada recibió aceptación general y continua en la tradición cristiana. Deuterocanónicos son aquellos cuya autoridad bíblica encontró oposición o dudas en algunos autores y comunidades durante determinados períodos, pero que la Iglesia acabó recibiendo de manera firme dentro del canon. La expresión «segundo canon» no implica un canon de rango inferior ni una segunda categoría de inspiración.1



