El Magníficat hunde sus raíces en la oración bíblica de Israel. Su lenguaje recuerda la tradición de los salmos, las súplicas de los pobres de Dios y los anuncios proféticos sobre la intervención del Señor en favor de los débiles.
El Dios de la alianza
El cántico proclama al Dios que recuerda su misericordia y permanece fiel a sus promesas. La referencia a Abrahán sitúa la misión de Jesús dentro de la alianza y de la historia de Israel. María no anuncia una divinidad nueva ni una salvación desligada de la Escritura; proclama que el Dios de sus padres actúa ahora de manera decisiva.
La doctrina social católica interpreta el Magníficat desde esta continuidad: María, heredera de la esperanza de los justos de Israel y primera discípula de Cristo, proclama la llegada del misterio de la salvación y del «Mesías de los pobres».
La tradición profética
Los profetas anunciaron repetidamente que Dios juzga la soberbia, defiende al pobre y restaura la justicia. El Magníficat recoge esa tradición y la concentra en la persona de Jesús, cuya venida transforma la historia.
El anuncio de que los poderosos caen y los humildes son elevados conecta con la esperanza profética de un reinado justo. La referencia al Mesías de los pobres enlaza especialmente con la expectativa bíblica de un ungido que juzga con justicia y anuncia la liberación a los afligidos.
La profecía del Magníficat no consiste principalmente en predecir acontecimientos aislados. María interpreta proféticamente el presente: reconoce que, en la concepción de Cristo, Dios ya ha comenzado a cumplir su promesa. El futuro del Reino ilumina el presente y permite descubrir la verdadera medida del poder, la riqueza y la humildad.
Los pobres de Dios
La espiritualidad del Magníficat pertenece a la tradición bíblica de los anawim, expresión hebrea que designa a los pobres y humildes que ponen su confianza en Dios. Esta pobreza posee una dimensión social, pero también espiritual: incluye el desprendimiento de la idolatría de las riquezas y del poder, así como la apertura humilde a la gracia.
María representa eminentemente a esos pobres de Dios. Su humildad no equivale a pasividad, resignación o desprecio de la propia dignidad. Al contrario, le permite reconocer la verdad sobre Dios, sobre sí misma y sobre la historia. Precisamente porque no se pertenece de manera posesiva, puede acoger libremente la voluntad divina.