La Liturgia de las Horas organiza la oración cotidiana de la Iglesia alrededor de los salmos, los cánticos bíblicos, las lecturas, los himnos, las preces y las oraciones conclusivas. Los cánticos poseen una función estable dentro de las principales horas.
Laudes
En Laudes, la oración de la mañana, aparece normalmente un cántico del Antiguo Testamento entre los dos salmos. La tradición litúrgica vincula esta hora con la salida del sol, la creación renovada y la resurrección de Cristo; por ello, los cánticos de alabanza adquieren aquí una particular fuerza teológica.
La normativa general de la Liturgia de las Horas establece la presencia de un cántico veterotestamentario entre el primer y el segundo salmo. La reforma posterior al Concilio Vaticano II amplió la variedad de estos textos, de modo que cada día del ciclo de cuatro semanas cuenta con su propio cántico; los domingos alternan las dos partes del cántico de los tres jóvenes.
Al final de Laudes figura el Benedictus, también llamado Cántico de Zacarías. Zacarías bendice al Dios de Israel por la llegada de la salvación y por el cumplimiento de sus promesas. La Iglesia lo reza cada mañana como acción de gracias por Cristo, «sol que nace de lo alto», y como reconocimiento de que el nuevo día pertenece al Señor.
Vísperas
En Vísperas, la oración de la tarde, la Liturgia de las Horas incluye un cántico del Nuevo Testamento entre los dos salmos. Esta incorporación constituye una característica propia de la reforma litúrgica contemporánea, que enriqueció la salmodia vespertina con textos neotestamentarios.
El Magnificat, cántico de la Virgen María, culmina diariamente la oración de Vísperas. María proclama la grandeza de Dios, reconoce su misericordia y anuncia la inversión de las falsas grandezas humanas: Dios eleva a los humildes y colma de bienes a los pobres. La Iglesia contempla en este cántico tanto la voz personal de María como la oración de todo el pueblo redimido.
Completas
En Completas, oración antes del descanso nocturno, la Iglesia proclama el Nunc dimittis, cántico de Simeón. El anciano reconoce en el niño Jesús la salvación prometida y puede descansar en paz después de contemplar al Salvador.
La tradición cristiana relaciona este cántico con la entrega confiada de la propia vida. Al rezarlo por la noche, el cristiano abandona el día transcurrido en las manos de Dios y contempla la muerte no como una derrota definitiva, sino bajo la luz de Cristo, que es salvación y gloria para todos los pueblos.