Aunque el Canto Gregoriano lleva el nombre de San Gregorio Magno (590-604), la tradición de un canto litúrgico distintivo existía en Roma antes de su pontificado1,2. Fue este gran Pontífice quien le otorgó una prominencia significativa y se le atribuye un arreglo final del canto romano1,2. Testimonios del siglo IX, como el de Juan el Diácono, biógrafo de Gregorio, afirman que el santo «compiló un antifonario»2. Otras fuentes del siglo VIII, como Beda, también mencionan la pericia en la forma romana de modular en la iglesia, aprendida de los discípulos de San Gregorio2. Un epitafio de Honorio, fallecido en 638, menos de cuarenta años después de San Gregorio, compara al papa amante de la música con su predecesor Gregorio, lo que sugiere que la tradición ya lo vinculaba con el canto litúrgico2.
Después de San Gregorio, esta tradición de canto continuó evolucionando y enriqueciéndose hasta el final de la Edad Media1. Los monasterios, en particular los de la Orden Benedictina, desempeñaron un papel crucial en la preservación de este patrimonio musical1. Se ha demostrado que la gran mayoría de las melodías del canto llano fueron compuestas antes del año 6002. Las pruebas incluyen el uso de textos de la versión Itala de la Biblia, que fue reemplazada por la corrección de San Jerónimo a principios del siglo VII, y la presencia de cadencias basadas en el cursus literario, que dejó de usarse a mediados del siglo VII2.
El Canto Gregoriano, en un sentido estricto, se refiere a la forma romana del canto llano primitivo, distinguiéndose de otros cantos como el ambrosiano, el galicano y el mozárabe, a los que fue suplantando gradualmente entre los siglos VIII y XI2,3.

