El libro de Isaías se divide en tres partes principales, y los Cantos del Siervo pertenecen a la segunda, conocida como Deutero-Isaías (Is 40-55), compuesta durante o tras el exilio babilónico (siglo VI a. C.). Este contexto de cautiverio y esperanza de restauración impregna los textos, donde Yahvé consuela a Israel y anuncia un nuevo éxodo.
Los cantos se distinguen por su estilo poético elevado, con un «Siervo» que habla en primera persona o es descrito en tercera. Los estudiosos católicos, como los Padres de la Iglesia, los identifican como inserciones litúrgicas o poemas independientes integrados en el profeta.5 Orígenes de Alejandría destaca cómo el Siervo humilla su divinidad para servir, comparándolo con el Cordero de Dios.6 No son meras alegorías nacionales, sino que trascienden a Israel para apuntar a un cumplimiento universal.
En la tradición judía, el Siervo se interpreta a veces como el profeta mismo, un resto fiel o el pueblo de Israel; sin embargo, la Iglesia Católica, desde los Hechos de los Apóstoles (8:32-35), los lee como profecías cristológicas, cumplidas en la vida, pasión y resurrección de Cristo.7


