La tradición de las asambleas comunitarias con fines disciplinarios y administrativos se remonta a los primeros siglos del monacato. El término «capítulo» proviene de la costumbre de leer un capítulo de la regla durante estas reuniones diarias. Así, la asamblea misma, y el lugar de reunión, llegaron a conocerse como «capítulo»1.
Los orígenes del capítulo general, o al menos el germen de su desarrollo, pueden rastrearse hasta San Benito de Aniano a principios del siglo IX. Aunque su propuesta de confederación no perduró más allá de su vida, la idea fue revitalizada un siglo después en Cluny. El modelo de Cluny fue imitado por otras abadías como Fleury, Dijon, Marmoutier, St-Denis, Cluse, Fulda e Hirsau, que se convirtieron en centros de grupos de monasterios con sistemas incipientes de capítulos generales1.
Más tarde, otras reformas como las de Císter, Camaldoli, Monte Vergine y Savigny, elaboraron esta idea. Este proceso culminó en el sistema congregacional inaugurado por el Cuarto Concilio de Letrán en 1215, que estableció los capítulos generales como una práctica casi invariable para todas las órdenes y congregaciones religiosas desde entonces1.
