Bautismo
El Bautismo imprime el primer y fundamental carácter sacramental. Mediante este sacramento, la persona queda incorporada a Cristo y entra en la Iglesia.
El carácter bautismal consagra al cristiano y lo capacita para participar en la vida sacramental de la Iglesia. También fundamenta la recepción válida de los demás sacramentos destinados a los bautizados. La tradición teológica describe esta consagración como una aptitud espiritual para participar en el culto cristiano y recibir los sacramentos posteriores.
El Bautismo configura al cristiano con Cristo de una manera fundamental, común a todos los bautizados. Gracias a esta configuración, todos los fieles participan del sacerdocio de Cristo, aunque no todos reciban la misma misión ni la misma potestad sacramental.
El carácter bautismal permite al fiel:
- Pertenecer sacramentalmente a Cristo y a su Iglesia.
- Recibir los demás sacramentos que requieren el Bautismo.
- Participar en la celebración litúrgica.
- Ofrecer espiritualmente la propia vida a Dios.
- Ejercer la misión cristiana propia de todos los bautizados.
La participación de los fieles en la Eucaristía no consiste en una mera presencia exterior. El bautizado participa en el culto de la Iglesia como miembro del Cuerpo de Cristo, unido al sacrificio que Cristo ofrece al Padre.
Confirmación
La Confirmación imprime un carácter que perfecciona y fortalece la consagración bautismal. La persona confirmada queda más estrechamente vinculada a Cristo y recibe una capacitación sacramental para vivir y testimoniar la fe con mayor firmeza.
Bautismo y Confirmación pertenecen al ámbito del sacerdocio común de los fieles. Ambos sacramentos configuran al cristiano con Cristo y lo destinan a participar en el culto y en la misión de la Iglesia, aunque cada uno lo haga con su propia finalidad sacramental. La teología católica los presenta como consagraciones relacionadas entre sí y ordenadas a la participación de los fieles en la vida sacerdotal de Cristo.
El carácter de la Confirmación no convierte al bautizado en ministro ordenado. Su efecto propio consiste en fortalecer la pertenencia a Cristo y la responsabilidad apostólica del cristiano. La persona confirmada participa más plenamente en la misión de anunciar el Evangelio y dar testimonio público de la fe.
Orden sacerdotal
El sacramento del Orden imprime el carácter propio del sacerdocio ministerial. Este carácter configura al obispo, al presbítero y al diácono con Cristo según el grado recibido y los capacita para desempeñar los servicios sacramentales y eclesiales correspondientes.
El sacerdocio ministerial no constituye una simple ampliación del sacerdocio común. Ambos proceden del único sacerdocio de Cristo, pero participan de él de modo esencialmente diverso. La teología del carácter permite explicar esta diferencia: el Bautismo y la Confirmación configuran al cristiano como miembro del pueblo sacerdotal, mientras que el Orden lo configura para el servicio ministerial de la Iglesia.
El carácter del Orden capacita al ministro para actuar sacramentalmente en nombre de Cristo Cabeza, especialmente en la celebración de los sacramentos que corresponden a su grado. Esta configuración no convierte al ministro en otro Cristo por naturaleza, ni elimina su condición humana; lo consagra para ejercer una misión recibida de Cristo mediante la Iglesia.
El ministerio ordenado incluye más que funciones cultuales. Cristo es Maestro, Sacerdote y Pastor; por eso, el ministro ordenado participa también en la predicación, en la enseñanza y en la conducción pastoral del pueblo de Dios. La liturgia de la Palabra y la liturgia eucarística forman una unidad dentro del único acto de culto cristiano.