El término «cardenal» (del latín cardinalis) se aplicaba originalmente a cualquier sacerdote permanentemente adscrito a una iglesia, un clérigo «incardinado»1. Con el tiempo, se convirtió en la designación común para los sacerdotes de las iglesias centrales o episcopales, que eran consideradas el «cardo» (bisagra) eclesiástico1. San Agustín incluso lo usó para referirse a algo «principal» o «excelente»1.
Desde finales del siglo V, el término «cardenal» en Roma se aplicó a los sacerdotes permanentemente vinculados a los tituli romanos (veinticinco a veintiocho cuasi-parroquias), donde se administraban los sacramentos del Bautismo y la Penitencia. Estos tituli a menudo eran llamados tituli cardinales1. El Liber Pontificalis describe cómo el Papa Evaristo (99-107 d.C.) dividió los tituli entre los presbíteros de Roma, y Dionisio (259-268 d.C.) asignó iglesias y cementerios a los presbíteros, estableciendo diócesis parroquiales1.
El Colegio Cardenalicio
Los cardenales se organizaron gradualmente como una corporación, un colegio a la manera de los capítulos catedralicios1. Este colegio se hizo cada vez más conocido como collegium a partir de 1150, aunque también se usaban términos como universitas, conventus, cætus y capitulum1. El Decano del Colegio Cardenalicio es el Obispo de Ostia, y el Subdecano es el Obispo de Porto1.
Un hito crucial en la evolución del Colegio Cardenalicio fue el otorgamiento, desde el Papa Alejandro III (1159-1181), del derecho exclusivo de elegir al Papa. Este hecho, junto con su rol como asistentes inmediatos del Papa en la Misa y sus únicos consejeros en asuntos importantes, cimentó su posición como un cuerpo colegiado1. En el siglo XII, el consistorio, la reunión de los cardenales, fue sustituyendo gradualmente el sínodo romano como principal órgano consultivo del Papa2. Los decretos de 1059 y 1179 consolidaron el derecho exclusivo del colegio de cardenales a elegir al Papa, lo que subraya la prerrogativa de la Iglesia de Roma en la elección de su obispo2.
Con el tiempo, los cardenales —incluyendo los cardenales-presbíteros y cardenales-diáconos— llegaron a superar en rango a los obispos y arzobispos, e incluso a los patriarcas después del siglo XIV1.
