La caridad es una virtud teologal, lo que significa que tiene a Dios como su objeto directo e inmediato1. No es meramente un sentimiento humano, sino un amor de naturaleza divina, muy superior a las capacidades naturales del alma humana2. La caridad es un don de Dios, infundido en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo2,3. Procede de la fuente del amor del Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo, y es un amor creativo y redentor que se revela en Cristo y se derrama en nuestros corazones4.
San Pablo la describe como la mayor de todas las virtudes (1 Co 13,13)5, y San Juan enseña que «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), de modo que todo tiene su origen en el amor de Dios, todo es moldeado por Él y todo se dirige hacia Él6. La caridad es el principio no solo de las relaciones personales y micro-relaciones (con amigos, familiares o dentro de pequeños grupos), sino también de las macro-relaciones (sociales, económicas y políticas)6. Es una amistad verdadera del ser humano con Dios3.
Caridad como Forma de Todas las Virtudes
La caridad no solo es la más noble de las virtudes, sino que también es la «forma de todas las virtudes», ya que gracias a ella, los actos de las demás virtudes se ordenan al fin último y debido2. Las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— tienen a Dios como su objeto propio y, por su mandato, causan los actos de las virtudes morales1. La caridad realiza una unión con Dios, el fin último perfecto1. Esto significa que, sin el soplo de la caridad, todas las obras languidecerían como una planta privada de su savia vital7. La caridad vivifica y da valor salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo8.
