La palabra «carisma» proviene del griego chárisma, que significa «don generoso» o «gracia». En el Nuevo Testamento, se refiere específicamente a los dones divinos, especialmente aquellos que el Espíritu Santo distribuye según su voluntad para el bien común1,2. A diferencia de las gracias fundamentales como la gracia santificante o las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), que son indispensables para todo cristiano, un carisma individual no es necesariamente dado a todos1.
El Espíritu Santo actúa de diversas maneras para edificar el Cuerpo de Cristo en la caridad. Esto incluye la Palabra de Dios, el Bautismo, los sacramentos, las virtudes, y también las gracias especiales llamadas carismas, que capacitan a los fieles para diversas tareas y ministerios en la renovación y edificación de la Iglesia3. El Carisma es, en última instancia, un don del Padre, otorgado a través de la acción del Espíritu Santo, no por mérito, sino para el servicio de toda la comunidad4.
