La Iglesia no desconoció que, en muchos contextos, el Carnaval corría el riesgo de convertirse en desorden moral y en interferencia con el inicio de la Cuaresma. Benedicto XIV describe que, ante el «público desorden», la Iglesia recurrió a la oración y a las obras de piedad, y menciona devociones para encauzar el tiempo.
A la vez, reconoce un principio importante: se afirma que la Iglesia no se opone a toda diversión indiscriminadamente, pero debe evitarse lo que daña la reverencia debida a los lugares sagrados y al tiempo litúrgico. La carta detalla críticas a prácticas como acudir a la Iglesia con indumentaria festiva incompatible con el recogimiento, e incluso menciona la cuestión de máscaras y espectáculos.
Regulación en los Estados Pontificios: Benedicto XIV (1748 y 1751)
En el documento Inter Caetera (1748), Benedicto XIV menciona tres inconvenientes principales ligados al Carnaval:
- que las noches, bailes y juegos se prolongaban hasta el límite del comienzo de la Cuaresma, ocasionando que las personas, incluso sin máscara, fueran a la Iglesia «con los vestidos con que se habían disfrazado», tras lo cual volvían a casa y dormían al menos durante la mañana del primer día de Cuaresma;
- que en ciertos lugares se permitía el uso de máscaras incluso en días de precepto;
- que, en algunos lugares, se consentían espectáculos de saltimbanquis durante las horas de las Vísperas y la doctrina cristiana.
En continuidad con ello, Prodiit jamdudum (1751) confirma disposiciones anteriores y añade precisiones sobre cómo actuar ante las circunstancias del año litúrgico, incluyendo el caso de la vigilia de un santo cuando se topaba con el último día del Carnaval.
Además, Benedicto XIV recuerda que los clérigos no deben amparar conductas incompatibles con su estado, y alude a la necesidad de custodiar disposiciones eclesiásticas que prohíben (o restringen) el lujo y ciertas formas de juego y danza por parte de los eclesiásticos.