La carta consta de seis capítulos y se organiza en dos grandes partes. Los tres primeros presentan el misterio de la salvación y de la Iglesia; los tres últimos extraen de ese misterio consecuencias para la conducta cotidiana. La separación entre ambas partes aparece marcada por una solemne alabanza a Dios al final del capítulo tercero.
El plan de salvación en Cristo
La carta comienza con una extensa bendición que recorre las principales etapas del plan divino: la elección en Cristo, la adopción filial, la redención y el perdón de los pecados. El horizonte de ese plan es la recapitulación de todas las cosas en Cristo, es decir, la reunión de la creación bajo su señorío. Juan Pablo II identifica este designio eterno como el punto de partida de la carta.,
A continuación, el autor da gracias por la fe de los destinatarios y pide que conozcan más profundamente la esperanza cristiana. Presenta a Cristo resucitado y exaltado como cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo. La Iglesia no aparece, por tanto, como una asociación meramente humana: vive unida a Cristo y recibe de él su orientación y su vida.,
La reconciliación de judíos y gentiles
El capítulo segundo describe el paso de una vida marcada por el pecado a una vida nueva en Cristo. La salvación procede de la gracia de Dios, y la vida cristiana constituye una respuesta a ese don. La carta aplica esa transformación a la relación entre judíos y gentiles: la muerte de Cristo derriba la separación que los dividía y los reconcilia con Dios en un solo cuerpo.
La nueva comunidad recibe varias imágenes complementarias. Sus miembros forman un solo cuerpo, una casa y un templo; los apóstoles y profetas aparecen como fundamento, y Cristo como piedra angular. Estas imágenes expresan la unidad de la Iglesia y, al mismo tiempo, su fundamento en Cristo.,
El misterio revelado y la oración de Pablo
En el capítulo tercero, Pablo presenta su misión entre los gentiles como servicio a un misterio que antes permanecía oculto y que ahora ha sido revelado. Los gentiles participan, junto con los judíos, de la misma herencia, pertenecen al mismo cuerpo y reciben las mismas promesas en Cristo. La carta describe así la incorporación de los pueblos a la comunidad de salvación como parte del designio de Dios.
El autor ruega también para que los cristianos alcancen fortaleza interior y comprendan la amplitud del amor de Cristo. La petición desemboca en una alabanza a Dios y sirve de transición hacia la parte práctica de la carta.
La unidad y la vida nueva
El capítulo cuarto comienza con una llamada a vivir de acuerdo con la vocación cristiana. La unidad de la Iglesia no elimina la diversidad: Cristo concede distintos dones y ministerios para edificar el cuerpo común. Entre ellos figuran los apóstoles, los profetas, los evangelizadores, los pastores y los maestros. El crecimiento de la comunidad depende de la unión con Cristo y de la colaboración de sus miembros en la caridad.
La exhortación a la unidad se acompaña de una invitación a abandonar la conducta anterior y revestirse del «hombre nuevo», creado para vivir en justicia y santidad. La carta concreta esa renovación en actitudes como la verdad, el dominio de la ira, el trabajo honrado, el perdón y la bondad. Juan Pablo II resume esta parte como una llamada a superar los vicios y practicar las virtudes propias de la vocación recibida en Cristo.
El capítulo quinto prolonga la exhortación con una llamada a imitar a Dios y a caminar en el amor, siguiendo el ejemplo de Cristo, que se entregó por los demás. También propone una vida marcada por la acción de gracias, la oración y el canto comunitario.,
La vida familiar y la armadura de Dios
La carta ofrece instrucciones para esposos y esposas, padres e hijos, amos y esclavos. Este conjunto de exhortaciones domésticas, presente también en la Carta a los Colosenses, sitúa las relaciones familiares y sociales dentro de la vida cristiana.
El pasaje dirigido a los esposos y las esposas relaciona el matrimonio con la unión entre Cristo y la Iglesia. Juan Pablo II estudió este texto por su importancia para comprender tanto el misterio de la Iglesia como la dimensión sacramental del matrimonio.
El capítulo sexto concluye con la imagen de la armadura de Dios. La vida cristiana exige fortaleza, fe y perseverancia frente al mal. La armadura representa los recursos espirituales con los que el creyente resiste y permanece firme.