La tradición católica atribuye la Carta a los Efesios a San Pablo Apóstol, como indica el propio texto en su saludo inicial: «Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios»1. La Iglesia ha reconocido su canonicidad desde los primeros siglos, incluyéndola en el canon neotestamentario durante los concilios de Hipona (393) y Cartago (397). Aunque algunos estudiosos modernos cuestionan la autoría paulina directa debido a diferencias estilísticas con otras epístolas indiscutidamente paulinas, la enseñanza oficial de la Iglesia Católica, reflejada en el Catecismo de la Iglesia Católica, mantiene su origen apostólico y su valor inspirado.
Se estima que la carta fue redactada alrededor del año 62 d.C., durante el primer encarcelamiento de Pablo en Roma, como sugieren referencias internas a su condición de prisionero (Ef 3,1; 4,1; 6,20). Esta datación la sitúa en el contexto de las llamadas «epístolas de la cautividad», junto a las dirigidas a los Filipenses, Colosenses y Filemón. El propósito no era solo una exhortación local, sino una enseñanza universal, lo que explica su circulación más amplia en las comunidades cristianas primitivas.

