La autenticidad de la Carta a los Filipenses como obra de san Pablo ha sido afirmada por la tradición eclesial desde los primeros siglos del cristianismo. San Policarpo de Esmirna, alrededor del año 120 d.C., la menciona explícitamente en su propia carta a los filipenses, refiriéndose a las «epístolas» de Pablo.1 Posteriormente, el Canon Muratoriano, san Ireneo de Lyon, Clemente de Alejandría y Tertuliano la atribuyen sin reservas al apóstol. La unanimidad patrística y la inclusión en el canon neotestamentario confirman su origen paulino, sin excepciones notables hasta el siglo XIX, cuando algunos críticos racionalistas cuestionaron su unidad, pero estas teorías han sido ampliamente rechazadas por la exégesis católica.1
Desde el punto de vista interno, el lenguaje y el estilo reflejan el carácter paulino: presenta unos cuarenta hapax legomena (palabras usadas solo una vez en el corpus paulino), pero en proporción similar a otras epístolas auténticas, junto con expresiones idiomáticas típicas de Pablo, como repeticiones enfáticas y figuras retóricas.1 Doctrinalmente, su cristología —que describe a Cristo preexistente en forma de Dios y encarnado— armoniza con textos como Gálatas 4:4 o Romanos 8:3, y su enseñanza sobre la justificación por la fe (Filipenses 3:6-9) no contradice las epístolas a los Romanos y Gálatas, sino que las complementa al rechazar la justicia legalista.1
La datación sitúa la redacción en el cautiverio romano de Pablo, entre los años 62 y 64 d.C., como indican referencias a su prisión (Filipenses 1:7, 13-14) y al «pretorio» (1:13), interpretado como la guardia pretoriana en Roma.1 Aunque algunos eruditos han propuesto Cesarea o Éfeso como posibles lugares, la mayoría de los comentadores católicos, incluyendo la Comisión Bíblica de 1913, favorecen Roma, alineándose con la tradición de una doble cautividad paulina.2 Esta fecha la ubica entre las epístolas de la cautividad, junto a las de Efesios, Colosenses y Filemón.

