La cuestión de la autoría de la Carta a los Hebreos ha sido objeto de debate desde los primeros siglos del cristianismo. La tradición eclesiástica antigua, especialmente en Oriente, la atribuyó a san Pablo, considerándola parte de su corpus epistolar. Sin embargo, diferencias notables en el estilo lingüístico y la estructura —ausencia de saludo inicial paulino y un griego más refinado— han llevado a cuestionar esta atribución directa.1 La Iglesia primitiva, como atestiguan Eusebio de Cesarea y Orígenes, distinguía entre las ideas paulinas y la redacción final, sugiriendo que un discípulo del Apóstol, posiblemente Lucas, Clemente de Roma o Bernabé, habría dado forma al texto.1
En el Occidente latino, surgieron dudas tempranas; algunos autores, como se menciona en testimonios de san Jerónimo, negaban la paternidad paulina y proponían alternativas como Bernabé o Clemente.2 Figuras como Erasmo y Cayetano en la época de la Reforma revivieron estas controversias, aunque la Iglesia católica, en sínodos como el de Roma en 382 y el de Cartago en 397, la incluyó sin distinción entre las catorce epístolas paulinas.1 San Roberto Belarmino, en sus Disputationes de Controversiis, defiende vigorosamente su origen paulino o al menos «paulinizado», argumentando que las dudas de unos pocos latinos no superan el consenso oriental y la mención implícita en la Segunda Carta de san Pedro (2 Pe 3,15-16), donde se alude a una epístola de Pablo dirigida a los mismos destinatarios.3
La Comisión Bíblica Pontificia, en su documento de 2014 sobre la inspiración y verdad de la Escritura Sagrada, subraya que el autor no reivindica explícitamente una autoridad apostólica como Pablo (cf. Ga 1,1), presentándose más bien como parte de la segunda generación cristiana que recibe el mensaje a través de testigos oculares (He 2,3-4).4 Así, el consenso católico contemporáneo acepta la canonicidad plena del texto, reconociendo su inspiración divina independientemente de la identidad precisa del redactor, priorizando su fidelidad a la tradición apostólica.
Candidatos propuestos
Entre los nombres sugeridos históricamente figuran:
San Pablo: Defendido por la tradición oriental y el uso litúrgico temprano.
Lucas: Por su estilo helenístico y posible colaboración con Pablo.
Clemente de Roma: Dado que su Primera Carta a los Corintios muestra ecos del texto hebreo.1
Apolo o Priscila: Hipótesis modernas basadas en el contexto de Hechos de los Apóstoles.
Ninguna teoría ha sido confirmada de manera definitiva, y la Iglesia católica no exige una atribución específica para su validez doctrinal.

