La autenticidad de la Carta a Tito ha sido un tema de estudio en la exégesis bíblica católica. La tradición de la Iglesia, desde los primeros siglos, la ha considerado obra genuina de San Pablo, el apóstol de los gentiles. Esta convicción se basa en testimonios antiguos, como los de los Padres de la Iglesia, y en la inclusión unánime de la epístola en el canon neotestamentario. La Comisión Bíblica, en su respuesta del 12 de junio de 1913, afirmó categóricamente que las Cartas Pastorales, incluyendo la de Tito, fueron compuestas por el propio Pablo y siempre se han contado entre las epístolas paulinas auténticas y canónicas, a pesar de las objeciones de algunos herejes que las rechazaron por motivos doctrinales.1
Sin embargo, en la erudición moderna, algunos exegetas contemporáneos sugieren que podría provenir de la «escuela paulina», es decir, de discípulos que recogieron el legado del apóstol para una nueva generación, incorporando posiblemente fragmentos directos de Pablo. Esta perspectiva no niega la inspiración divina ni la autoridad canónica, sino que resalta cómo el Espíritu Santo actúa a través de la comunidad apostólica. El Papa Benedicto XVI, en su audiencia general del 28 de enero de 2009, señaló que partes de las Cartas Pastorales parecen tan auténticas que solo podrían salir del corazón de Pablo, subrayando su rol en la formación de la estructura eclesial.2 En cuanto a la datación, se estima que fue escrita alrededor del año 64-66 d.C., durante el período de actividad misionera de Pablo tras su liberación de la primera prisión en Roma, posiblemente desde Macedonia o Corinto, antes de su arresto final.3
La carta se inscribe en un contexto de transición en las comunidades cristianas primitivas, donde la figura apostólica comienza a ceder paso a la de obispos y presbíteros, prefigurando la sucesión apostólica. Esta evolución es clave para entender el desarrollo del ministerio ordenado en la Iglesia católica.

