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Carta de San Ignacio de Antioquía a los Efesios

La Carta de san Ignacio de Antioquía a los Efesios constituye uno de los testimonios más antiguos sobre la vida, la fe y la organización de las comunidades cristianas de comienzos del siglo II. Ignacio la dirigió a la Iglesia de Éfeso durante su traslado forzoso hacia Roma, donde esperaba sufrir el martirio. La epístola presenta una síntesis de cristología, eclesiología, espiritualidad sacramental y exhortación moral, con especial insistencia en la unidad de los cristianos en torno al obispo, el presbiterio y los diáconos, así como en la realidad de la encarnación, pasión y resurrección de Jesucristo.

Ignatius of Antioch
Ver información de la imagenIgnacio de Antioquía. http://days.pravoslavie.ru/Images/ii897&3009.htm, Autores del Menologio de Basilio II (c. 985 d.C., Constantinopla), iluminadores bizantinos de manuscritos[1]: Pantelón con Georgios, Miguel el Joven, Miguel de Blacherna, Simeón, Simeón de Blacherna, Menas y Nestor (Disponible en línea en el sitio del Vaticano), Dominio público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCarta de San Ignacio de Antioquía a los Efesios
CategoríaObra
Descripciónprimeros años del siglo II (rein de Trajano)
AutorSan Ignacio de Antioquía
Autoridad EclesiásticaObispo de Antioquía
Contexto HistóricoTraslado forzoso de Ignacio a Roma, espera de martirio, siglo II
LugarEsmirna
Temaunidad episcopal y defensa de la encarnación de Cristo
TipoCarta apostólica, Epístola
Enlaces relacionadosCarta de San Ignacio de Antioquía a los Efesios. En Primeros Cristianos.

Tabla de contenido

Autor

San Ignacio de Antioquía

Ignacio de Antioquía fue uno de los principales Padres apostólicos, es decir, escritores cristianos de la generación inmediatamente posterior a los apóstoles o vinculada de manera próxima a su memoria. Ejerció como obispo de Antioquía de Siria, una de las comunidades cristianas más importantes del Mediterráneo oriental. Antioquía ocupaba un lugar especialmente significativo en la expansión inicial del cristianismo: allí los discípulos recibieron por primera vez el nombre de «cristianos».1

La tradición antigua relaciona a Ignacio con la sucesión episcopal de Antioquía después de Evodio. Eusebio de Cesarea lo presenta como obispo de aquella Iglesia y conserva el recuerdo de su traslado desde Siria hasta Roma para sufrir el martirio.2 La tradición cristiana sitúa su muerte durante el reinado del emperador Trajano, en los primeros decenios del siglo II.

Ignacio recibió también el sobrenombre griego Theophoros, habitualmente traducido como «portador de Dios» o «llevado por Dios». En sus cartas, el martirio no aparece como una búsqueda de sufrimiento por sí mismo, sino como la culminación del discipulado cristiano y de la configuración con Jesucristo. El viaje hacia Roma, realizado bajo custodia militar, proporcionó a Ignacio la ocasión de mantener correspondencia con varias Iglesias de Asia Menor.3

Destinatarios y contexto de la carta

La carta está dirigida a la Iglesia de Éfeso, ciudad de gran importancia en la provincia romana de Asia. Éfeso había desempeñado un papel destacado en la misión apostólica de san Pablo y conservaba una tradición cristiana estrechamente vinculada al apóstol. Ignacio alude expresamente a la relación de los efesios con Pablo y los presenta como una comunidad conocida por su fe, su caridad y su concordia.4

Ignacio escribió la carta desde Esmirna, durante la primera etapa de su viaje hacia Roma. Allí recibió la visita de representantes de la comunidad de Éfeso, entre ellos Onésimo, a quien identifica como obispo de la Iglesia efesia, y Burro, diácono de la misma comunidad. También menciona a Croco, Euplo y Frontón, que habían actuado como enviados y expresión de la caridad de los efesios.4

La situación de Ignacio explica el tono de la epístola. El autor escribe como un cristiano encadenado, condenado a enfrentarse a las fieras en Roma. Su autoridad no procede de una posición de superioridad retórica, sino del testimonio de una vida entregada. Ignacio declara que todavía está «comenzando a ser discípulo» y que habla a los efesios como compañero de discipulado.4

Transmisión y autenticidad

Las tres recensiones ignacianas

Las cartas atribuidas a Ignacio de Antioquía han llegado a través de tres recensiones principales:

  • La recensión larga, que contiene un texto considerablemente ampliado y numerosos pasajes añadidos.
  • La recensión media, redactada en griego y compuesta por siete cartas: a los Efesios, Magnesios, Tralianos, Romanos, Filadelfios, Esmirniotas y a Policarpo.
  • La recensión breve o siríaca, conservada en una versión abreviada de las cartas a los Efesios, a los Romanos y a Policarpo.

La recensión media constituye habitualmente la base de la edición crítica de las cartas ignacianas. La investigación histórica suele considerar auténticas las siete cartas transmitidas en esta forma, aunque el debate ha examinado posibles interpolaciones y modificaciones de los manuscritos.1

La recensión siríaca fue descubierta en el siglo XIX y provocó una nueva fase de controversia. Cureton defendió que aquella forma abreviada representaba el texto original, mientras que otros investigadores sostuvieron que la versión siríaca resumía un texto griego más amplio. La crítica posterior ha tendido a interpretar la recensión siríaca como un compendio y no como la forma primitiva de las cartas.5

Testimonios antiguos

La autenticidad de la carta a los Efesios recibe apoyo de la tradición antigua que atribuye a Ignacio siete cartas dirigidas a distintas Iglesias y a Policarpo de Esmirna. Eusebio de Cesarea enumera las cartas escritas desde Esmirna y Troas durante el traslado de Ignacio a Roma.3

También posee importancia el testimonio de san Policarpo de Esmirna, contemporáneo de Ignacio, que conoce y menciona el conjunto de sus cartas. La referencia de Policarpo ofrece un testimonio cercano cronológicamente a la composición de los escritos ignacianos.5

La prudencia crítica exige distinguir entre la autenticidad sustancial de la carta y la historia concreta de su transmisión manuscrita. La existencia de una recensión larga, con ampliaciones, no obliga a rechazar la carta entera; obliga a comparar las distintas formas del texto y a valorar cada pasaje dentro de su tradición textual.

Fecha y lugar de composición

La carta pertenece probablemente a los primeros años del siglo II, durante el reinado de Trajano. La tradición sitúa el martirio de Ignacio en Roma entre finales del siglo I y las primeras décadas del siglo II, y la investigación suele relacionar las cartas con el trayecto que realizó desde Antioquía hasta la capital imperial.1

Ignacio redactó la carta a los Efesios desde Esmirna. Desde allí escribió también a las Iglesias de Magnesia, Trales y Roma. Después, desde Troas, escribió a las Iglesias de Filadelfia y Esmirna y a Policarpo.3

El texto anuncia una posible segunda carta a los efesios, dedicada a explicar con mayor amplitud la economía de Jesucristo, es decir, el desarrollo histórico del designio salvador de Dios en la encarnación, la pasión y la resurrección. Esa segunda carta nunca ha llegado hasta la época moderna.4

Estructura y contenido

La carta presenta una estructura epistolar, pero su desarrollo combina agradecimiento, exhortación pastoral, defensa de la fe y meditación cristológica.

Saludo y alabanza de la Iglesia de Éfeso

Ignacio comienza con un saludo solemne. Presenta a la Iglesia de Éfeso como elegida y unida por la pasión de Jesucristo, dentro del designio del Padre. La comunidad aparece como una realidad teológica, no únicamente como una asociación humana: su identidad nace de Dios y alcanza su plenitud en Cristo.4

El autor elogia la fe y la caridad de los efesios. También alaba su atención hacia él durante el viaje y su comunión con la Iglesia de Antioquía. La hospitalidad y la solidaridad adquieren así un significado eclesial: la ayuda prestada al obispo prisionero expresa la unidad de las Iglesias locales.

La unidad en torno al obispo, el presbiterio y los diáconos

Uno de los temas más conocidos de la carta es la exhortación a vivir en unidad con el obispo y el presbiterio. Ignacio pide que los efesios permanezcan unidos en una misma mente y en un mismo juicio, y que reconozcan la función del obispo Onésimo, del presbiterio y del diácono Burro.4

Ignacio utiliza una imagen musical: el presbiterio está unido al obispo como las cuerdas de una cítara o de un arpa. La comunidad entera forma un coro que canta a Dios mediante Jesucristo. La concordia no significa simple uniformidad administrativa; representa la armonía visible de la Iglesia y permite que la vida comunitaria manifieste la comunión con el Padre y con el Hijo.4

La epístola relaciona estrechamente la unidad eclesial con la celebración litúrgica. La Iglesia no aparece como una suma de creyentes aislados, sino como una comunidad que se reúne, escucha, ora y participa en el único pan. Ignacio afirma que la reunión frecuente de los cristianos debilita la acción del mal y fortalece la unidad de la fe.4

El sentido teológico del obispo

Ignacio atribuye al obispo una función central como signo e instrumento de unidad. Invita a los efesios a actuar conforme a la voluntad de su obispo y compara la relación entre la Iglesia y su obispo con la relación entre Jesucristo y el Padre.4

La carta contiene una expresión especialmente elevada: los cristianos deben recibir a quien preside la comunidad como quien recibe al Señor que lo ha enviado. Esta formulación no convierte al obispo en una divinidad ni autoriza cualquier conducta personal del ministro. Ignacio desarrolla un lenguaje teológico sobre la función eclesial del obispo: el ministerio episcopal representa visiblemente la unidad de la Iglesia y remite a la autoridad de Jesucristo.4

La teología ignaciana presenta la obediencia eclesial como una forma de imitación de Cristo. Cristo vive en obediencia al Padre; la comunidad cristiana, al permanecer unida a su obispo y a su presbiterio, manifiesta sacramentalmente la comunión que procede de Dios. El obispo no constituye una autoridad autónoma frente a Cristo, sino que recibe su sentido dentro de la voluntad de Jesucristo y al servicio de la comunidad.6

El obispo en el siglo II y la evolución posterior de la jerarquía

El vocabulario de los primeros siglos

La palabra griega epískopos significa literalmente «supervisor» o «encargado de la vigilancia». En los escritos cristianos más antiguos, los términos epískopos y presbýteros no siempre poseen un sentido técnico perfectamente diferenciado. Algunas comunidades pudieron emplear ambos vocablos para designar a responsables locales pertenecientes a un mismo colegio.7

La situación descrita por Ignacio pertenece a una etapa de transición y consolidación. En sus cartas, el obispo aparece ya como una figura individual que preside la Iglesia local, acompañado por un presbiterio y por los diáconos. Esta estructura resulta especialmente visible en las comunidades de Asia Menor y constituye uno de los testimonios más antiguos del episcopado monárquico, entendido como la presidencia de un único obispo sobre una Iglesia local.1

El episcopado monárquico

El término «monárquico» no alude a una monarquía política ni a un poder absoluto. Describe la existencia de un único obispo como cabeza visible de una Iglesia local, en colaboración con el presbiterio y los diáconos. Ignacio presenta esta forma de organización como un instrumento para proteger la unidad de la fe y de la celebración eucarística.8

La carta a los Efesios no ofrece una exposición histórica completa del origen del episcopado. Tampoco afirma que Ignacio esté creando una estructura nueva. Sus exhortaciones presuponen una organización ya existente en Éfeso y buscan fortalecer la fidelidad de la comunidad a sus responsables legítimos. Algunos estudiosos han observado que las cartas ignacianas no presentan al obispo como una innovación personal del autor, sino como una realidad pastoral que las Iglesias ya conocían.9

Diferencia respecto de la estructura jerárquica posterior

La estructura descrita por Ignacio guarda una relación fundamental con el episcopado católico posterior, pero no debe proyectarse sobre ella sin matices. En el siglo II todavía faltaban muchas formulaciones jurídicas, terminológicas y administrativas que la Iglesia desarrollaría en los siglos posteriores. La posterior distinción entre obispo, presbítero y diácono adquirió una precisión doctrinal y canónica que no aparece con el mismo grado en la carta.

Por ello, la carta permite afirmar que, a comienzos del siglo II, varias comunidades cristianas conocían una organización basada en obispo, presbiterio y diáconos, pero no autoriza a reconstruir todos los detalles de la jerarquía posterior a partir de una única fuente. La historia de los ministerios cristianos muestra una consolidación gradual: en algunos contextos, obispo y presbítero habían funcionado como términos próximos; en otros, la diferencia entre ambos cargos ya resultaba clara.7

La importancia de Ignacio reside precisamente en que ofrece un testimonio temprano de la diferenciación funcional y teológica entre los tres ministerios. El obispo preside; el presbiterio coopera con él; los diáconos ejercen un servicio subordinado a la vida de la Iglesia. La forma posterior de la jerarquía no aparece desarrollada en todos sus aspectos, pero encuentra aquí una de sus expresiones patrísticas más antiguas.

El docetismo en Asia Menor

Qué era el docetismo

El docetismo designa diversas tendencias cristianas antiguas que negaban o debilitaban la realidad de la encarnación. El término procede del verbo griego dokein, «parecer» o «aparentar». Las posiciones docetas podían sostener que Jesucristo solo parecía tener un cuerpo humano, o que su nacimiento, sufrimiento y muerte no habían ocurrido realmente en la carne.

Ignacio no presenta un sistema doctrinal completamente elaborado bajo el nombre de «docetismo», tal como lo describirían posteriormente los manuales de historia de las herejías. Su preocupación se dirige contra quienes, dentro del ambiente cristiano de Asia Menor, disolvían la realidad histórica de Jesucristo y de su pasión. Las cartas a los Efesios, Tralianos y Esmirniotas muestran que esta controversia afectaba tanto a la cristología como a la vida moral y sacramental de las comunidades.10

La realidad de la carne de Cristo

La insistencia de Ignacio en la carne de Cristo posee un alcance decisivo. En la carta a los Efesios, Jesucristo aparece como aquel que es simultáneamente Dios y hombre, nacido de María, descendiente de David según la carne, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido y bautizado. El autor vincula esta realidad corporal con la pasión y con la salvación.4

Ignacio describe a Cristo como el único médico, «poseedor de carne y de espíritu», Dios existente en la carne y vida verdadera en la muerte. Esta formulación no pretende confundir la divinidad y la humanidad, sino confesar la unidad del Salvador: el mismo Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.4

El argumento de Ignacio parte de la experiencia cristiana. Si Cristo hubiera padecido solo en apariencia, el martirio del propio Ignacio también carecería de realidad. En la carta a los Esmirniotas desarrolla esta lógica con especial fuerza: la pasión de Cristo no puede reducirse a una representación simbólica, porque el martirio cristiano participa realmente en el sufrimiento del Señor.11

Encarnación, resurrección y Eucaristía

La defensa de la humanidad de Cristo no constituye una cuestión abstracta. Para Ignacio, la carne verdadera de Cristo garantiza la realidad de la redención, de la resurrección y de la Eucaristía. Si el Hijo no asumió verdaderamente la condición humana, tampoco habría redimido verdaderamente al ser humano.

La carta une la confesión cristológica con la celebración eucarística. Ignacio espera que los efesios lleguen a reunirse en una misma fe, bajo la autoridad del obispo y del presbiterio, «partiendo un mismo pan», que denomina medicina de inmortalidad y remedio contra la muerte.4

La expresión no describe la Eucaristía como un objeto mágico. Presenta el sacramento como participación real en la vida de Jesucristo resucitado. La Eucaristía comunica la vida eterna porque vincula a los fieles con el Cristo encarnado, muerto y resucitado. La sacramentalidad cristiana exige una cristología realista: el pan eucarístico remite al Señor que asumió verdaderamente la carne y entregó realmente su vida.

Cristología de la carta

Jesucristo, Hijo de Dios e hijo de María

La carta ofrece una de las formulaciones cristológicas más densas de la literatura patrística primitiva. Ignacio proclama que Jesucristo es «nuestro Dios» y, al mismo tiempo, afirma su nacimiento humano de María y su descendencia davídica.4

La concepción virginal, el nacimiento, el bautismo, la pasión y la resurrección aparecen como acontecimientos inseparables dentro de la economía salvadora. Ignacio no presenta la encarnación como una apariencia temporal de Dios, sino como la entrada real del Hijo en la historia humana.

Los «tres misterios» realizados en el silencio de Dios

Ignacio habla de tres misterios realizados en el silencio de Dios: la virginidad de María, su alumbramiento y la muerte del Señor. La expresión no niega la publicidad histórica de los acontecimientos, sino que contempla su profundidad escondida: el plan divino actuó de manera discreta y desconcertante para las expectativas humanas.4

La estrella que aparece en el relato simboliza la manifestación de Cristo al mundo. Su luz representa el comienzo de una nueva creación y la derrota de la ignorancia, de la magia y del antiguo dominio de la muerte. La encarnación inaugura una transformación cósmica cuyo centro reside en Jesucristo.

Fe, caridad y vida cristiana

Ignacio presenta la fe y la caridad como el principio y el término de la vida cristiana. Ambas realidades permanecen unidas: la fe orienta hacia Cristo y la caridad manifiesta en las obras la autenticidad de esa fe.4

La carta rechaza una profesión cristiana meramente verbal. Ignacio prefiere el silencio de quien vive como cristiano a las palabras de quien habla sin practicar la fe. La enseñanza debe ir acompañada por las obras; el verdadero discípulo actúa conforme a lo que proclama.4

Esta dimensión moral incluye la sobriedad, la humildad, la paciencia y la oración por quienes están en el error. Ignacio pide a los efesios que respondan a la ira con mansedumbre, al orgullo con humildad, a la blasfemia con oración y a la crueldad con bondad. La firmeza doctrinal no puede convertirse en odio hacia las personas.4

La carta también advierte contra quienes corrompen la fe mediante doctrinas falsas. Ignacio considera especialmente grave el daño causado a la comunidad cuando una enseñanza falsa altera la imagen de Cristo y destruye la esperanza de la resurrección.4

Iglesia, unidad y combate espiritual

La Iglesia aparece en la carta como una comunidad reunida en torno a Cristo y configurada por la unidad. La concordia entre obispo, presbíteros, diáconos y fieles posee un valor espiritual porque hace visible la comunión trinitaria y protege a la comunidad contra la división.

Ignacio emplea imágenes arquitectónicas y musicales para describir esta unidad. Los cristianos son piedras del templo del Padre; la cruz de Cristo eleva el edificio; el Espíritu Santo actúa como la cuerda que sostiene y conduce la construcción; la fe permite ascender y la caridad guía hacia Dios.4

La asamblea litúrgica constituye un espacio decisivo de resistencia frente al mal. La reunión frecuente de los fieles destruye los proyectos de Satanás porque impide el aislamiento, fortalece la fe común y hace posible la acción concorde de la Iglesia.4

La unidad no depende únicamente de una organización externa. Ignacio la vincula a la presencia de Cristo en la comunidad y a la obediencia de todos a la voluntad de Dios. Una Iglesia dividida en la fe, en la Eucaristía o en la caridad contradice la realidad que proclama.

Dimensión eucarística

La Eucaristía ocupa un lugar central en la visión ignaciana de la Iglesia. El autor espera que los efesios celebren unidos, bajo la presidencia de su obispo y en comunión con el presbiterio. La celebración eucarística manifiesta y alimenta la unidad eclesial.

La expresión «un mismo pan» remite a la participación común en el único Cristo. La Eucaristía no aparece como una devoción privada, sino como acción de la Iglesia reunida. Ignacio relaciona la comunión eucarística con la esperanza de la vida eterna, pues llama al sacramento «medicina de inmortalidad».4

La insistencia sacramental también responde al docetismo. El sacramento proclama que la salvación se comunica mediante la humanidad real de Cristo. La carne asumida por el Verbo, entregada en la pasión y glorificada en la resurrección, constituye el fundamento de la vida sacramental de la Iglesia.

Relación con san Pablo y la tradición apostólica

Ignacio presenta a los efesios como herederos de la predicación de san Pablo. Afirma que ellos han recibido los misterios del Evangelio junto con el apóstol y que permanecen en sintonía con los apóstoles mediante la fuerza de Jesucristo.4

Esta referencia posee un sentido doctrinal y eclesial. La comunidad auténtica no inventa una fe nueva, sino que permanece arraigada en el anuncio apostólico. La continuidad con los apóstoles se expresa en la confesión de Jesucristo, en la celebración eucarística, en la unidad de la Iglesia y en la vida santa.

Ignacio no desarrolla todavía una doctrina sistemática de la sucesión apostólica comparable a la que elaborarán más tarde san Ireneo y otros autores. Sin embargo, su concepción de la Iglesia presupone la continuidad de la enseñanza apostólica y concede al obispo un papel esencial en la custodia visible de la comunión.12

Estilo y valor literario

La carta combina fórmulas epistolares, exhortaciones pastorales, imágenes bíblicas y confesiones cristológicas. Ignacio escribe con un estilo apasionado, lleno de metáforas y de paralelismos. La música, la arquitectura, la medicina y el combate espiritual proporcionan los principales campos de comparación.

Su lenguaje transmite urgencia. El autor contempla la posibilidad inmediata del martirio y exhorta a los efesios a vivir con una conciencia escatológica: el tiempo presente exige vigilancia, fidelidad y conversión. La carta no separa la teología de la existencia; cada afirmación sobre Cristo desemboca en una exigencia para la comunidad.

El martirio otorga una particular fuerza testimonial a sus palabras. Ignacio no habla de la entrega cristiana desde una posición puramente especulativa, sino como un obispo que se dirige hacia la muerte por causa del Evangelio. La tradición antigua conservó este conjunto de cartas como una expresión excepcionalmente viva de la fe de la generación que recibió directamente la herencia apostólica.3

Importancia para la teología católica

La Carta a los Efesios ocupa un lugar destacado en la teología católica por varias razones:

  • Ofrece uno de los testimonios más antiguos sobre la estructura episcopal, presbiteral y diaconal de una Iglesia local.
  • Relaciona la unidad visible de la comunidad con la comunión con Jesucristo y con el Padre.
  • Confiesa la verdadera divinidad y humanidad de Cristo antes de las formulaciones conciliares posteriores.
  • Defiende la realidad de la carne de Cristo frente a tendencias docetas.
  • Vincula la encarnación, la pasión, la resurrección y la Eucaristía dentro de una única economía de salvación.
  • Presenta la fe y la caridad como criterios inseparables de la autenticidad cristiana.
  • Enseña que la liturgia y la vida comunitaria forman parte esencial de la fidelidad apostólica.

La carta no ofrece todavía las definiciones terminológicas de los concilios ecuménicos ni el desarrollo jurídico de la Iglesia posterior. Sin embargo, contiene en forma germinal temas que la tradición católica desplegará durante los siglos siguientes: la centralidad de Cristo, la realidad de la encarnación, la comunión eclesial, el ministerio ordenado y la Eucaristía como fuente de vida eterna.

Recepción en la tradición cristiana

Las cartas de Ignacio fueron recibidas como escritos de gran valor por autores cristianos antiguos. La memoria de su viaje a Roma y de su martirio contribuyó a consolidar su autoridad espiritual. Eusebio incorporó noticias sobre su vida y sus escritos a su historia de la Iglesia, y la tradición patrística posterior veneró a Ignacio como modelo de obispo y mártir.3

La investigación moderna ha debatido ampliamente la transmisión de las cartas, pero la recensión media y el conjunto de las siete epístolas continúan ocupando un lugar fundamental en los estudios sobre los Padres apostólicos. La carta a los Efesios conserva especial importancia porque reúne, en un único documento, la exhortación a la unidad, la defensa de la encarnación y una de las primeras exposiciones claras de la relación entre obispo, presbiterio, diáconos y comunidad.

Valoración doctrinal

La carta enseña que la Iglesia vive de Cristo y permanece fiel a Él mediante la unidad de la fe, la celebración eucarística y la caridad concreta. Ignacio no concibe la autoridad episcopal como un poder separado de la verdad evangélica. El obispo debe servir a la comunión y conducir a la comunidad hacia Jesucristo; los fieles, por su parte, deben evitar tanto la división orgullosa como la aceptación ingenua de doctrinas incompatibles con el Evangelio.

La cristología sostiene toda la exhortación. El mismo Cristo que es Dios nació verdaderamente de María, asumió la carne humana, fue bautizado, padeció y venció la muerte. Por eso la Iglesia puede celebrar realmente la Eucaristía, esperar la resurrección y vivir en la caridad. El realismo de la encarnación fundamenta el realismo de la vida cristiana.

La Carta de san Ignacio de Antioquía a los Efesios permanece así como un testimonio privilegiado de la fe católica en su etapa apostólica: una fe centrada en Jesucristo, arraigada en la tradición de los apóstoles, reunida en la Eucaristía y custodiada en la comunión visible de la Iglesia.

Citas y referencias

  1. San Ignacio de Antioquía, Kevin M. Clarke. Ser obispo por Dios: La teología del episcopado según San Ignacio de Antioquía, 2 (2016). 2 3 4
  2. Ignacio, el segundo obispo de Antioquía, Eusebio de Cesarea. Historia de la Iglesia (Eusebio de Cesarea), Libro III. Capítulo 22 (325).
  3. San Ignacio de Antioquía, Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 14 de marzo de 2007: San Ignacio de Antioquía, 1 (2007). 2 3 4 5
  4. La epístola de Ignacio a los efesios, Ignacio de Antioquía. La Epístola de Ignacio a los Efesios (c. 0110). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23
  5. San Ignacio de Antioquía. Enciclopedia Católica, San Ignacio de Antioquía (1913). 2
  6. «Ser obispo por» Dios: La teología del episcopado según San Ignacio de Antioquía, Kevin M. Clarke. Ser obispo por Dios: La teología del episcopado según San Ignacio de Antioquía, 1 (2016).
  7. Obispo. Enciclopedia Católica, Obispo (1913). 2
  8. Apóstoles. Enciclopedia Católica, Apóstoles (1913).
  9. Kevin M. Clarke. Ser obispo por Dios: La teología del episcopado según San Ignacio de Antioquía, 4 (2016).
  10. Evita los errores mortales de los docetae, Ignacio de Antioquía. La epístola de Ignacio a los tralianos, Capítulo 11.
  11. Cuidado con estos herejes, Ignacio de Antioquía. La epístola de Ignacio a los esmirniotas, Capítulo 4.
  12. Kevin M. Clarke. Ser obispo por Dios: La teología del episcopado según San Ignacio de Antioquía, 3 (2016).
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