La castidad es una vocación universal para todos los bautizados, pero se cultiva de una manera adaptada al propio estado de vida,. La Iglesia reconoce tres formas principales de la virtud de la castidad: la de los cónyuges, la de las viudas y la de las vírgenes. No se elogia una forma excluyendo a las otras, lo que demuestra la riqueza de la disciplina de la Iglesia.
Castidad Conyugal
Los esposos están llamados a vivir la castidad conyugal. Esto implica una «amor permanente, fiel y fecundo», que incluye la expresión física y sexual íntima del amor. El placer sexual encuentra su lugar adecuado dentro del abrazo del marido y la mujer. El amor conyugal es una entrega total de sí mismos, abierta a la nueva vida, y es una analogía del amor fiel de Dios.
La actividad sexual en el matrimonio, que transmite la vida humana, es «noble y digna». No deja de ser legítima incluso si, por razones independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevé que sea infértil, ya que su adaptación natural a la expresión y fortalecimiento de la unión no se suprime. La Iglesia enseña que todo acto conyugal debe necesariamente mantener su intrínseca relación con la procreación de la vida humana.
En casos de razones bien fundadas para espaciar los nacimientos (debido a la condición física o psicológica de los cónyuges, o circunstancias externas), la Iglesia permite que las parejas casadas se beneficien de los ciclos naturales de fertilidad, practicando la continencia periódica. Esta práctica de autocontrol es un testimonio brillante de la castidad de los cónyuges y, lejos de obstaculizar su amor, lo transforma dándole un carácter más humano.
Lo que la Iglesia condena son los métodos de control de la natalidad que interrumpen directamente el proceso generativo o que buscan impedir la procreación, como el aborto y la esterilización directa. El uso de métodos anticonceptivos no se considera una castidad, ya que niega la relación intrínseca del acto conyugal con la procreación, y atenta contra el designio de Dios para la vida humana,.
Castidad para los Solteros y Comprometidos
Aquellos que no están casados, incluidos los prometidos, están llamados a vivir la castidad en la continencia. Para los prometidos, este período de compromiso es un tiempo de prueba, un descubrimiento del respeto mutuo, un aprendizaje de la fidelidad y la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios. Deben reservar para el matrimonio las expresiones de afecto que pertenecen al amor conyugal y ayudarse mutuamente a crecer en castidad.
La castidad absoluta, que excluye todo placer carnal voluntario, es la que se impone a los solteros. El impulso deliberado hacia el placer sexual fuera del matrimonio, así como todo pensamiento impuro voluntario, es una ofensa grave por su propia naturaleza.
Castidad en la Vida Consagrada
Algunos profesan la virginidad o el celibato consagrado, lo que les permite entregarse a Dios solo con un corazón indiviso de una manera notable. Esta castidad perfecta es la virtud de aquellos que resuelven abstenerse perpetuamente incluso de los placeres lícitos del estado matrimonial para dedicarse más plenamente a Dios y a sus intereses espirituales. Cuando esta resolución la toma alguien que nunca ha conocido la gratificación conyugal, la castidad perfecta se convierte en virginidad.
Esta forma de castidad es un voto en el estado religioso y es requerida a los clérigos en órdenes mayores en la Iglesia Latina. También florece entre muchos laicos que, mediante una promesa o voto privado, se abstienen completamente del matrimonio y los placeres sexuales para servir al prójimo más libremente y unirse a Dios más fácilmente y más estrechamente. La castidad es central para la vocación sacerdotal y religiosa, y los candidatos a estas vocaciones deben integrar saludablemente su sexualidad con su vida interior.