Orígenes en la tradición judía y cristiana primitiva
Las catacumbas de Roma no surgieron de la nada, sino que se inspiraron en las prácticas sepulcrales judías presentes en la península itálica desde antes del siglo I. Los judíos de Roma, asentados en barrios como el Trastevere y cerca de la Porta Capena, excavaban hipogeos en la tufa para inhumar a sus muertos, imitando las necrópolis palestinas. Tras la destrucción del Templo de Jerusalén en el 70 d.C., los primeros cristianos —considerados aún una secta judía— utilizaron estos espacios o crearon los suyos propios.3
Convertidos del paganismo, especialmente de familias nobles como los Flavios o los Acilios, ampliaron estos lugares. La catacumba de Domitila (nieta del emperador Domiciano) en la Vía Ardeatina o la de Priscila en la Vía Salaria son ejemplos tempranos del siglo I-II. Los cristianos rechazaron la cremación romana, optando por la inhumación que simbolizaba la espera de la resurrección, como indica el término griego koimeterion (dormitorio).4,3
Desarrollo durante las persecuciones y la paz constantiniana
Entre los siglos II y IV, las catacumbas se expandieron durante persecuciones como las de Decio, Valeriano y Diocleciano. Se estima que albergaron unos dos millones de tumbas en unos sesenta complejos, formando un vasto cinturón alrededor de Roma a unos 30-45 minutos a pie de las puertas urbanas.3 La solidaridad cristiana financió estas obras: un «fondo común» aseguraba sepulturas dignas para pobres, viudas y huérfanos, subrayando la caridad evangélica.2
Con la paz de Constantino (313 d.C.), las catacumbas se convirtieron en centros de culto. Papas como Dámaso I (366-384) erigieron inscripciones poéticas venerando mártires, y se celebraban misas en sus galerías. Sin embargo, tras el siglo V, quedaron en parte olvidadas hasta su redescubrimiento en la Edad Media, preservado por monjes de San Sebastián.4,3

