El suelo de Roma, de origen volcánico, presenta tres estratos principales: puzolana (utilizada para cemento), toba (una mezcla de tierra y piedra) y piedra. Las catacumbas se construyeron en la capa intermedia de toba, que no era apta para la extracción de materiales de construcción, a diferencia de las canteras de arena o piedra. Esta distinción es crucial para entender su propósito original como cementerios específicos1.
Antes de la llegada del cristianismo, los judíos en Roma ya utilizaban catacumbas, imitando las tumbas rupestres de Palestina. Los primeros cristianos, considerados inicialmente una secta judía, compartieron estos cementerios. Sin embargo, con la conversión de gentiles de alta posición social, comenzaron a establecer sus propias tumbas familiares, permitiendo a sus hermanos en la fe construir lugares de enterramiento siguiendo el modelo de las catacumbas judías1. Este fue el origen de las catacumbas cristianas.
Las catacumbas de la era apostólica incluyen la de Domitila (familiar del emperador Domiciano), Priscila (probablemente esposa del cónsul Acilio Glabrión), Lucina (de la familia Pomponia) y Comodila (conectada con la tumba de San Pablo). Más tarde, se crearon otras, muchas veces alrededor de una bóveda familiar (como las de Cecilia o Pretextato) o la tumba de un mártir venerado (como las de San Lorenzo o San Valentín). En trescientos años, unas cincuenta catacumbas, de distintos tamaños, rodearon la ciudad de Roma1.
El término original para estos lugares de enterramiento era koimeterion o coemeterium, que significa «lugar de descanso» o «dormitorio»1,2,3. Este nombre subraya la creencia cristiana en la resurrección, viendo la muerte como un sueño temporal. Fue en la Edad Media, cuando la memoria de la mayoría de estos lugares se desvaneció, que el nombre «catacumba», originalmente asociado al coemeterium ad catacumbas de la Vía Apia (hoy la de San Sebastián), se generalizó para referirse a todos ellos tras su redescubrimiento1.
Los primeros cristianos demostraron una profunda solidaridad y caridad al establecer un «fondo común» para asegurar un entierro digno para todos los hermanos, incluyendo viudas, huérfanos y los más pobres. Esta práctica de beneficencia colectiva fue un pilar de las primeras comunidades cristianas4,2.

