El cuerpo como prisión y el fin de la liberación
La visión dualista transformó la moral: el ser humano aparece como una contradicción viviente, y la finalidad real consiste en liberar el alma de la cautividad del cuerpo.
La Iglesia, en su valoración histórica, interpretó esa liberación como una negación práctica de la bondad del orden corporal creado por Dios, con consecuencias para la vida ética y familiar.
Castidad, matrimonio, generación
La moral catarista recomendó una castidad perpetua: la generación se consideraba esclavitud del alma al cuerpo. Esa lógica volvió ilícita la práctica conyugal tal como la entendía la tradición católica, y favoreció alternativas consideradas por el mismo sistema como menos «permanentes».
En la misma línea de rechazo del orden generativo, la práctica ascética alcanzó también al reino animal y a la alimentación.
Alimentación, ayunos y prácticas asociadas
Los albigenses impusieron abstinencias: prohibieron la carne salvo pescado y unieron esa disciplina con ayunos largos y rigurosos. También conectaron esa elección con ideas sobre el destino del alma, incluidas nociones como la metempsicosis (transmigración de las almas).
Suicidio «endura» y renuncia extrema
El sistema moral llegó a considerar el suicidio como «commendable», particularmente en una práctica llamada endura, consistente en el ayuno hasta la muerte.
Guerra y pena capital
El dualismo moral impulsó una postura contraria a la violencia organizada: los albigenses condenaron la guerra y la pena capital.