La catedral, como la iglesia principal de una diócesis, tiene un profundo significado teológico y pastoral. Representa a la porción del Pueblo de Dios que constituye la Iglesia local, reunida en el Espíritu Santo a través del Evangelio y la Eucaristía, en torno a su propio Obispo1. Es una imagen clara de la Iglesia visible de Cristo, que ora, canta y adora en toda la tierra1.
La Catedral como Centro Diocesano
La Catedral de Brasilia es el corazón de la vida y actividad de la Arquidiócesis, su primer y fundamental santuario2. En ella, el Obispo, como fundamento y garante de la unidad de los creyentes en la pluralidad de ministerios y carismas, preside solemnemente las celebraciones del pueblo santo de Dios2. Es el lugar elegido para encuentros litúrgicos y pastorales del clero y los fieles con el Obispo, quien posee la plenitud del sacerdocio y manifiesta de manera eminente la comunidad diocesana2.
En la catedral se encuentra la cátedra del Obispo, un signo de su magisterio y autoridad eclesial, así como un símbolo de la unidad de aquellos que comparten la fe que el Obispo, como Pastor del rebaño de creyentes, conserva, proclama y comparte con la Iglesia universal3. Desde el altar de la catedral, «fuente y cumbre de la vida cristiana», brota la vida que fluye hacia toda la diócesis4. Del mismo modo, en este altar el obispo impone las manos a los jóvenes enviados a las comunidades como sacerdotes, y se consagran los santos óleos del Crisma, de los Catecúmenos y de los Enfermos, con los cuales se administran los sacramentos en toda la arquidiócesis4.
Símbolo de la Iglesia Universal y Espiritual
La catedral también es un símbolo de un edificio espiritual en el que los fieles son llamados a entrar como «piedras vivas»5. Como afirmó San Agustín, «esta es la casa de nuestras oraciones, pero nosotros mismos somos la casa de Dios»5. La construcción de la casa de Dios se realiza con esfuerzo, y su dedicación se lleva a cabo con alegría5. La estructura material de la catedral, que alberga la presencia eucarística del Señor, es un símbolo de este edificio espiritual5.
En la majestad de sus estructuras arquitectónicas, la catedral representa el templo espiritual que se edifica interiormente en cada alma, en el esplendor de la gracia, como dice el Apóstol: «nosotros somos templo de Dios vivo» (2 Co 6, 16)3.

