La historia de la Catedral de Notre-Dame se remonta a los primeros cristianos de Lutetia (antiguo nombre de París), quienes inicialmente edificaron una catedral dedicada a San Esteban, el primer mártir1. Con el tiempo, esa estructura resultó insuficiente para las necesidades de la creciente comunidad de fieles. Así, entre los siglos XII y XIV, fue gradualmente reemplazada por la magnífica construcción que hoy conocemos como Notre-Dame de París1.
La primera piedra de la catedral actual fue colocada por el Papa Alejandro III1. Este período, conocido como la Edad Media, fue testigo de un florecimiento extraordinario de catedrales francesas dedicadas a Nuestra Señora, incluyendo las de Le Puy, Reims, Amiens, y París, entre muchas otras2. Estas catedrales, con sus agujas elevadas, proclamaban a lo lejos la gloria de la Inmaculada Concepción y realzaban su esplendor con la luz pura de sus vidrieras y la armoniosa belleza de sus esculturas2. Son un testimonio perdurable de la fe de un pueblo que se superó a sí mismo en un despliegue magnífico de energía, erigiendo en el cielo de Francia un homenaje permanente a su devoción a María2.

