El ministerio del catequista tiene raíces antiguas en la Iglesia, con ejemplos ya presentes en los escritos del Nuevo Testamento1. San Lucas, al iniciar su Evangelio, busca ofrecer una instrucción específica para asegurar la certeza de las enseñanzas recibidas1. El apóstol Pablo también alude a la instrucción en la palabra y la comunión de vida que la acompaña como signo de la fecundidad de una auténtica catequesis1. La historia de la evangelización a lo largo de dos milenios demuestra la efectividad de la misión de los catequistas, incluyendo obispos, sacerdotes, diáconos y numerosos laicos consagrados que dedicaron sus vidas a esta instrucción2. Muchos de ellos fundaron órdenes religiosas o comunidades enteramente dedicadas a la catequesis, y un sinfín de laicos han contribuido a la difusión del Evangelio como testigos de santidad, algunos incluso como mártires2.
En la Iglesia primitiva, la catequesis para los nuevos conversos era un proceso prolongado y riguroso, que implicaba un período de prueba e instrucción. Con el tiempo, y a medida que el imperio se cristianizaba, la necesidad de este extenso periodo disminuyó, y el bautismo de infantes se hizo más común. Aunque la instrucción directa de los niños no era posible, el rito del bautismo infantil aún conserva vestigios de catequesis a través de los padrinos. La enseñanza religiosa para los niños se realizaba en casa y en los servicios eclesiales, siendo más sencilla que la ofrecida a los catecúmenos adultos3. Durante la evangelización de los invasores bárbaros, los misioneros adoptaron métodos elementales, exigiendo la renuncia a la idolatría y la profesión de las grandes verdades cristianas, como hicieron San Patricio en Irlanda o San Agustín en Inglaterra3. En esas épocas, la instrucción religiosa no terminaba con el bautismo; los sacerdotes actuaban más como catequistas que como predicadores3.
Los concilios ecuménicos han sido una fuente constante de energía para la catequesis. El Concilio de Trento es un ejemplo notable, ya que otorgó prioridad a la catequesis en sus constituciones y decretos, dando origen al Catecismo Romano, una obra fundamental para la instrucción sacerdotal. Este concilio impulsó una organización significativa de la catequesis en la Iglesia y despertó en el clero el deber de impartir instrucción catequética4.
