El concepto de celo apostólico tiene sus raíces en las Sagradas Escrituras, particularmente en el Nuevo Testamento, donde se describe la misión encomendada por Jesucristo a sus discípulos.
El Mandato de Cristo
Jesús mismo modeló un celo incansable por la salvación de las almas, recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y dolencia1. Su mandato a los Apóstoles antes de su Ascensión, «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado» (Mateo 28:19-20), es la base del celo apostólico. Este es un llamado universal a la evangelización1.
El Ejemplo de los Apóstoles
Los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo en Pentecostés, demostraron un celo extraordinario al proclamar valientemente el mensaje de Cristo, a pesar de la persecución y las dificultades. San Pedro, San Pablo y los demás apóstoles viajaron extensamente, estableciendo comunidades cristianas y soportando sufrimientos por el Evangelio. San Pablo, en particular, es un paradigma de celo apostólico, como lo expresa en sus cartas: «Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Romanos 1:16). Su dedicación a la misión apostólica era total, deseando que todos fueran como él en su entrega a Dios2.
