La palabra celo expresa una energía interior intensa, perseverante y ordenada hacia un bien. En el ámbito cristiano, el celo apostólico no consiste en afán de dominio, polémica o imposición, sino en una participación en el amor con que Cristo busca a cada persona.
El celo apostólico brota de la caridad. Quien ama a Dios desea que Dios sea conocido y amado; quien ama al prójimo desea que este alcance la plenitud de la vida cristiana y la salvación. La oración y el crecimiento en las virtudes alimentan este dinamismo, porque permiten comunicar a los demás el bien recibido de Dios.1
La tradición espiritual ha descrito el celo apostólico mediante tres rasgos principales:
- Hambre de tratar a Cristo, especialmente mediante la oración y los sacramentos.
- Preocupación constante por las almas, entendida como solicitud por su conversión, su dignidad y su felicidad eterna.
- Perseverancia, que mantiene la entrega incluso ante las dificultades, la indiferencia o la falta de resultados inmediatos.2
El celo apostólico no equivale a un simple entusiasmo pasajero. Constituye una gracia que debe conservarse y madurar en la vida del creyente. La evangelización tampoco corresponde solo a quienes predican públicamente: por el Bautismo, todos los cristianos participan en la misión de Cristo y reciben una responsabilidad evangelizadora, aunque la desempeñen de modos diversos según su vocación y circunstancias.3
