María, Madre de la Iglesia
Uno de los títulos marianos centrales del documento es el de Madre de la Iglesia. Pablo VI recuerda que proclamó solemnemente este título durante la celebración del Concilio Vaticano II. La denominación expresa una doctrina tradicional: María es madre de Cristo y, en virtud de su unión con él, también madre espiritual de los miembros de la Iglesia.
El documento recoge la tradición de san Agustín, quien considera a María madre de los miembros de Cristo. También recuerda a san Anselmo, para quien resulta plenamente apropiado que María sea madre de aquellos cuyos padre y hermano quiso ser Cristo. Pablo VI vincula esta doctrina con la enseñanza anterior de León XIII, que llamó a María «verdaderamente Madre de la Iglesia».
La maternidad eclesial de María no sustituye la única mediación salvadora de Jesucristo. Su intercesión depende enteramente de Cristo y conduce hacia él. En Christi Matri, la confianza en María brota precisamente de su relación con el Salvador y con la comunidad que él redimió.
María, Reina de la Paz
Pablo VI invoca a María como Reina de la Paz. Este título no convierte a la Virgen en una autoridad política ni atribuye a su intercesión un poder independiente de Dios. Expresa la confianza cristiana en que María, asociada de modo singular a la obra de Cristo, ruega por la paz y orienta a los fieles hacia el verdadero Príncipe de la Paz.
El documento afirma que la paz constituye un bien extraordinario, deseado intensamente por la humanidad. Sin embargo, la paz definitiva procede de Dios, a quien Pablo VI identifica con aquel que es el Príncipe de la Paz. La Iglesia acude a María porque la tradición cristiana la reconoce como intercesora especialmente cercana en tiempos de angustia.
María, intercesora maternal
La oración dirigida a María en Christi Matri posee un marcado carácter maternal. Pablo VI le pide que mire con clemencia a sus hijos, atienda la ansiedad de los obispos y escuche la angustia de los padres y madres de familia preocupados por el futuro. También le suplica que consuele a quienes viven en medio de la guerra e inspire en ellos pensamientos de paz.
La intercesión mariana aparece orientada a frutos concretos: que Dios transforme la venganza en misericordia, devuelva la tranquilidad a las naciones y conduzca a los pueblos hacia una prosperidad auténtica y duradera.