Hijos de Dios por el Bautismo
La dignidad cristiana nace del Bautismo. Mediante este sacramento, la persona renace del agua y del Espíritu, queda incorporada a Cristo y recibe la adopción filial. El bautizado participa de la vida del Hijo y pasa a formar parte de su Cuerpo, que es la Iglesia.
Esta dignidad precede a cualquier función, ministerio, responsabilidad o reconocimiento dentro de la comunidad. El laico no adquiere su valor por desempeñar una tarea eclesial, sino por pertenecer a Cristo. Cada bautizado posee una identidad personal, única e irrepetible, y recibe una llamada concreta al servicio del bien común.
Participación en la misión de Cristo
El Bautismo y la Confirmación incorporan al fiel a la triple misión de Cristo: sacerdotal, profética y real. La Eucaristía alimenta y sostiene esta participación.
Misión sacerdotal
Los laicos participan en la misión sacerdotal de Cristo cuando ofrecen a Dios su vida cotidiana. El trabajo, la vida matrimonial y familiar, las responsabilidades sociales, el descanso, la oración, los sufrimientos aceptados con paciencia y los esfuerzos apostólicos pueden convertirse en sacrificios espirituales unidos a la ofrenda de Cristo.
La vida ordinaria adquiere así una dimensión cultual. El laico consagra el mundo a Dios no apartándose necesariamente de sus ocupaciones temporales, sino viviéndolas con fe, caridad y rectitud cristiana.
Esta participación no equivale al sacerdocio ministerial recibido mediante el sacramento del Orden. El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial participan del único sacerdocio de Cristo, pero poseen una naturaleza y una función distintas.
Misión profética
La misión profética consiste en acoger el Evangelio, vivirlo y anunciarlo con palabras y obras. Los laicos testimonian a Cristo en la familia, el trabajo, la vida cultural, las relaciones sociales y la participación pública.
Su testimonio también incluye la denuncia del mal y la defensa de la verdad, la justicia y la dignidad humana. La exhortación presenta la vida cotidiana como un espacio privilegiado para manifestar la novedad del Evangelio y mantener viva la esperanza cristiana.
Misión real
La participación en la misión real de Cristo no significa dominio sobre los demás. Consiste en vencer el pecado, entregarse al servicio y ordenar las realidades creadas al verdadero bien de la persona.
El laico ejerce esta responsabilidad mediante la caridad, la justicia, el trabajo honrado, la defensa de los más débiles y la construcción de una sociedad conforme a la dignidad humana. Cristo Rey manifiesta su realeza sirviendo; por eso el poder cristiano adopta la forma del don de sí.