El decreto Christus Dominus surgió en el marco del Concilio Vaticano II (1962-1965), convocado por el papa Juan XXIII para actualizar la vida de la Iglesia (aggiornamento) frente a los cambios sociales del siglo XX. Durante las sesiones conciliares, se debatió intensamente el rol de los obispos, influido por documentos previos como la constitución dogmática Lumen gentium, que ya había tratado la colegialidad episcopal.3,4
Los obispos, conscientes de las nuevas realidades —como el crecimiento urbano, la movilidad humana y las demandas apostólicas—, solicitaron un texto específico sobre su ministerio pastoral. El esquema inicial, titulado De episcopis, evolucionó hasta convertirse en Christus Dominus, aprobado por 2.319 padres conciliares. Su promulgación coincidió con el cierre del Concilio, marcando un hito en la eclesiología postconciliar.1,5
Este decreto responde a la necesidad de equilibrar la autoridad suprema del Papa con la responsabilidad colegial de los obispos, fomentando una pastoral más dinámica y cercana al pueblo de Dios.3
