Insultos y humillaciones públicas
El agresor publica expresiones degradantes, burlas, apodos ofensivos o comentarios destinados a ridiculizar a una persona. La humillación puede dirigirse contra su aspecto físico, origen, discapacidad, situación económica, convicciones religiosas, personalidad o relaciones personales.
Difamación y calumnia
La difamación difunde hechos dañinos para la reputación de una persona, mientras que la calumnia atribuye falsamente una conducta culpable. Las noticias falsas, los rumores y las acusaciones sin fundamento pueden destruir el buen nombre de la víctima.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la detracción y la calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo, que posee un derecho natural al buen nombre y al respeto. Ambas conductas ofenden simultáneamente la justicia y la caridad.
Exclusión digital
Algunas formas de ciberacoso consisten en expulsar deliberadamente a una persona de grupos de mensajería, conversaciones, actividades digitales o comunidades virtuales. La exclusión puede acompañarse de burlas públicas o de campañas destinadas a convencer a otros para que rompan toda relación con la víctima.
Difusión de imágenes o datos privados
El agresor puede publicar fotografías, vídeos, conversaciones, datos personales o información íntima sin consentimiento. La exposición de la vida privada convierte la intimidad en un instrumento de control, chantaje o humillación.
Suplantación de identidad
Una persona crea o utiliza una cuenta ajena para publicar mensajes ofensivos, enviar contenidos impropios o perjudicar la reputación de la víctima. La suplantación puede provocar conflictos familiares, escolares, laborales o comunitarios.
Amenazas y chantaje
Las amenazas digitales buscan provocar miedo o forzar a la víctima a realizar una acción contra su voluntad. El chantaje puede exigir dinero, fotografías, silencio, obediencia o ruptura de una relación.
Acoso sexual digital
Esta forma de violencia incluye mensajes sexuales no deseados, presión para enviar imágenes íntimas, difusión de material íntimo y utilización de fotografías para obtener ventajas o someter a la víctima. Cuando intervienen menores, la situación exige una protección especialmente rigurosa y una respuesta inmediata de los adultos responsables y de las autoridades competentes.
La Iglesia enseña que toda utilización de la persona como objeto contradice su dignidad. La explotación sexual, la pornografía y la exposición degradante del cuerpo pertenecen a un ámbito de grave daño moral y humano.
Persecución continuada
Algunos agresores mantienen una vigilancia constante mediante mensajes, comentarios, llamadas, solicitudes de contacto o publicaciones indirectas. La víctima puede experimentar la sensación de que ningún espacio ofrece descanso o seguridad.