La Iglesia Católica enseña que el Cielo es la plena y perfecta posesión de los frutos de la redención lograda por Cristo1. Es la culminación de la vida humana, donde quienes han acogido a Dios en sus vidas y se han abierto sinceramente a Su amor, incluso en el momento de la muerte, disfrutarán de una plenitud de comunión con Dios2. Esta comunión se describe como una vida perfecta con la Santísima Trinidad, la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados3.
San Pablo, en 1 Tesalonicenses 4:17-18, utiliza una imagen espacial vívida para describir el encuentro con Cristo en el Cielo al final de los tiempos, diciendo: «Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor»1. Sin embargo, la Revelación enseña que el Cielo no es una abstracción ni un lugar físico en las nubes, sino una relación viva y personal con la Santísima Trinidad1. Es el encuentro con el Padre que se produce en Cristo resucitado a través de la comunión del Espíritu Santo1.
Es importante mantener una cierta reserva al describir estas «realidades últimas», ya que cualquier representación siempre será insatisfactoria. El lenguaje personalista moderno es más adecuado para describir el estado de felicidad y paz que se disfrutará en esta comunión definitiva con Dios1. El Catecismo de la Iglesia Católica resume esta verdad afirmando que, por Su muerte y resurrección, Jesús ha «abierto» el Cielo, y que la vida de los bienaventurados consiste en la plena posesión de los frutos de la redención, haciendo partícipes de Su glorificación celestial a quienes han creído en Él y han sido fieles1. El Cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Cristo1.
