La práctica del Cirio Pascual posee una antigüedad considerable en la tradición de la Iglesia1. Investigaciones modernas han confirmado su arraigada presencia en la liturgia. San Jerónimo, en una carta dirigida a Presidio, diácono de Plasencia, menciona la composición de un carmen cerei, que se asemeja a la actual bendición del cirio, conocida como el Exultet1. Esto sugiere que ya en el siglo IV o V existía una forma de bendición para una vela de Pascua.
El Exultet, el solemne canto de alabanza que acompaña la bendición del cirio, también refuerza la idea de su virginidad, asociando la cera con la carne pura de Cristo nacida de la Virgen María2. Este texto litúrgico subraya la conexión profunda entre el cirio y la persona de Jesús, la verdadera Luz del mundo2.
A lo largo de la historia, las dimensiones del cirio pascual variaron significativamente. Se sabe que en la Edad Media, se tendía a engrandecer el cirio1. Por ejemplo, en el año 701, Beda menciona que era costumbre en Roma inscribir la fecha y otros detalles del calendario en el propio cirio o en un pergamino adjunto1. En algunas basílicas italianas, el candelabro pascual era una estructura permanente de mármrmol, integrada al ambón o púlpito1. Se ha documentado que en 1517, el Procesional de Sarum indicaba que el cirio pascual de la catedral de Salisbury debía tener treinta y seis pies de altura, y en 1558, la Abadía de Westminster usó trescientos pesos de cera para su cirio1.

