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Cisma de Focio

El Cisma de Focio fue la ruptura de la comunión entre Roma y Constantinopla provocada por la deposición del patriarca Ignacio y la elevación de Focio al patriarcado de Constantinopla en el siglo IX. El conflicto combinó una disputa sobre la legitimidad episcopal, la autoridad del papa, la influencia del emperador bizantino y la jurisdicción eclesiástica sobre Bulgaria y otros territorios eslavos. Las diferencias litúrgicas y la cuestión del Filioque adquirieron posteriormente un peso dogmático e identitario que preparó, aunque no consumó por sí solo, la ruptura de 1054.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreCisma de Focio
CategoríaTérmino
DescripciónRuptura de la comunión entre Roma y Constantinopla por la deposición de Ignacio y la elevación de Focio al patriarcado en el siglo IX. Conflicto que combinó disputa sobre la legitimidad episcopal, autoridad papal, influencia imperial y jurisdicción sobre Bulgaria, con diferencias litúrgicas y la cuestión del Filioque, antecedente del Gran Cisma de 1054
ConsecuenciasConsolidación de una corriente antiromana en Constantinopla, disputas sobre Bulgaria y establecimiento de argumentos que reaparecerían en la separación de 1054.
Contexto HistóricoSiglos VIII-IX, rivalidad política y cultural entre el Imperio Bizantino y el papado latino, con tensiones por la evangelización de los eslavos y la autoridad sobre Constantinopla.
Fecha de Fin886
Fecha de Inicio858
Importancia HistóricaMarcó una ruptura grave pero temporal que precedió y preparó el Gran Cisma de 1054, influyendo en la autonomía bizantina y la rivalidad jurisdiccional sobre los eslavos.
LugarRoma y Constantinopla
PaísImperio Bizantino; Italia
Personas relacionadasPatriarca Ignacio, Patriarca Focio, Papa Nicolás I, Papa Juan VIII, Emperador Miguel III, Emperador Basilio I, Emperador León VI
TipoCisma, IX

Tabla de contenido

Contexto histórico

Durante los siglos VIII y IX, las relaciones entre Roma y Constantinopla alternaron periodos de comunión y de conflicto. Las tensiones no procedían solo de diferencias teológicas. También reflejaban la rivalidad entre dos centros políticos y culturales: la antigua Roma, vinculada al papado y al Occidente latino, y Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente y sede del emperador.

La influencia imperial sobre el patriarcado de Constantinopla favorecía frecuentes intervenciones del poder civil en los nombramientos y deposiciones episcopales. A ello se añadía la creciente conciencia de identidad propia del mundo griego frente a las costumbres, la lengua y la organización eclesiástica latinas. La controversia de Focio convirtió esas tensiones acumuladas en una crisis abierta.

La evangelización de los pueblos eslavos intensificó el problema. La conversión de Bulgaria planteó una cuestión decisiva: ¿debía quedar el nuevo pueblo cristiano bajo la jurisdicción de Constantinopla o bajo la obediencia directa de Roma? La cuestión búlgara llegó a ocupar un lugar central en el enfrentamiento entre Focio y el papa Nicolás I.1,2

Ignacio y la crisis de Constantinopla

El patriarca Ignacio

Ignacio, patriarca de Constantinopla, entró en conflicto con Bardas, poderoso funcionario y regente del emperador Miguel III. Bardas mantenía públicamente una relación considerada incestuosa con su nuera. Ignacio le negó la comunión y también rechazó determinadas presiones de la corte imperial. Como consecuencia, Bardas promovió la deposición del patriarca y su destierro a la isla de Terebinto.3,4

La deposición de Ignacio no obedeció, por tanto, a una controversia teológica originaria. El conflicto comenzó como una disputa disciplinaria y política, vinculada a la libertad del patriarca para corregir públicamente a un miembro de la familia imperial. Ignacio no aceptó legítimamente su deposición y mantuvo su pretensión al patriarcado.

La elección de Focio

Focio pertenecía a una familia noble de Constantinopla y había recibido una formación extraordinaria. Antes de acceder al patriarcado, ejerció como profesor de filosofía, ocupó responsabilidades en la cancillería imperial y formó parte del Senado. No era todavía clérigo cuando entró en la carrera eclesiástica. Recibió las órdenes sagradas en un periodo muy breve y fue elevado al patriarcado en diciembre de 858.1

Sus partidarios presentaron la renuncia de Ignacio como voluntaria y describieron la elección de Focio como legítima. Ignacio y sus defensores sostuvieron lo contrario. La disputa se agravó porque Focio había sido un laico hasta poco antes de su elección y porque su ascenso dependía estrechamente del apoyo de Bardas y de la corte imperial.

La cuestión fundamental no consistía inicialmente en el ayuno, el celibato clerical o el Filioque. El problema principal era determinar quién ocupaba legítimamente la sede de Constantinopla y qué autoridad correspondía al papa para juzgar una deposición patriarcal.

La intervención del papa Nicolás I

La misión de los legados pontificios

Focio y el emperador Miguel III enviaron una embajada a Roma para obtener la confirmación papal. El papa Nicolás I envió legados a Constantinopla con la misión de investigar las circunstancias de la deposición de Ignacio. Los legados debían tratar a Focio como laico mientras examinaban la validez de su ordenación y de su elección.3,1

En el sínodo celebrado en Constantinopla en 861, los legados terminaron aprobando la deposición de Ignacio. Sin embargo, Ignacio protestó contra el procedimiento y apeló al papa. Nicolás I consideró insuficiente la información recibida y volvió a examinar el asunto en Roma.

El sínodo romano de 863

El sínodo romano de 863 reconoció a Ignacio como legítimo patriarca de Constantinopla y declaró inválida la pretensión de Focio. Nicolás I comunicó esta decisión al emperador, a Focio y a los patriarcas orientales. La postura pontificia no pretendía condenar las tradiciones litúrgicas griegas, sino defender a un obispo cuya deposición parecía estar vinculada a una intervención política injusta.5,1

Focio rechazó la decisión romana. La corte imperial tampoco aceptó que el papa pudiera invalidar el nombramiento del patriarca de Constantinopla. Desde ese momento, el conflicto dejó de ser una controversia interna de la Iglesia bizantina y se convirtió en una confrontación abierta entre Roma y Constantinopla.

Bulgaria y los territorios eslavos

La conversión del kan Boris

La evangelización de Bulgaria constituyó el principal escenario de la rivalidad jurisdiccional. El kan Boris recibió el bautismo en un contexto de intensa competencia entre Roma y Constantinopla. Misioneros latinos vinculados al papa Nicolás I trabajaron en Bulgaria, mientras Constantinopla consideraba aquel territorio perteneciente a su esfera natural de influencia.1,2

La cuestión no era meramente administrativa. La autoridad sobre Bulgaria implicaba determinar quién nombraría obispos, qué clero dirigiría las comunidades cristianas y qué tradición litúrgica configuraría la nueva Iglesia. El territorio búlgaro podía convertirse en un puente de expansión de la cristiandad latina hacia Oriente o en una prolongación de la Iglesia de Constantinopla hacia los pueblos eslavos.

La disputa jurisdiccional

Focio protestó contra la actividad de los misioneros latinos en Bulgaria. Roma, por su parte, defendió sus derechos sobre la evangelización y la organización eclesiástica del territorio. La cuestión búlgara agravó la oposición entre el papa y el patriarca hasta convertirla en una disputa por la autoridad eclesial y por la influencia política en Europa oriental.

La rivalidad sobre Bulgaria explica por qué el Cisma de Focio no fue un conflicto puramente teológico. Las diferencias dogmáticas y litúrgicas proporcionaron argumentos a ambas partes, pero la competencia jurisdiccional sobre los nuevos territorios eslavos desempeñó un papel decisivo.

Las acusaciones contra las costumbres latinas

Cuestiones disciplinarias y litúrgicas

Cuando Focio rompió abiertamente con Roma, presentó varias acusaciones contra las prácticas occidentales. Entre ellas figuraban:

  • El ayuno latino en sábado.
  • El uso de productos lácteos durante la primera semana de Cuaresma.
  • La disciplina del celibato clerical.
  • La administración de la confirmación por sacerdotes.
  • Determinadas diferencias en la preparación del crisma.
  • Prácticas particulares de los clérigos latinos en Bulgaria.

Estas cuestiones pertenecían principalmente al ámbito de la disciplina, la liturgia y las costumbres eclesiásticas. No todas tenían naturaleza dogmática. Las Iglesias de Oriente y Occidente habían desarrollado usos diferentes sin que cada divergencia ritual implicara por sí misma una herejía.6,4

La función polémica de las acusaciones

Focio reunió esas diferencias para construir una acusación general contra Roma. La controversia disciplinaria adquirió un significado eclesiológico: las costumbres latinas empezaron a presentarse como signos de una identidad occidental separada y, en ciertos casos, como desviaciones doctrinales.

El conflicto también reflejaba una percepción bizantina de la autoridad romana. La intervención del papa en la deposición de Ignacio y en la organización de la Iglesia búlgara parecía limitar las pretensiones de Constantinopla. Por ello, las acusaciones contra las prácticas latinas sirvieron para reforzar una oposición más amplia a la jurisdicción papal.

El Filioque

Significado de la cláusula

La cláusula Filioque, expresión latina que significa «y del Hijo», formaba parte del Credo latino utilizado en Occidente. La tradición latina confesaba que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, mientras la tradición griega conservaba la formulación del Credo de Constantinopla: «que procede del Padre».

La discusión sobre el Filioque tenía un contenido teológico real, relacionado con la procesión eterna del Espíritu Santo y con la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Sin embargo, durante la primera fase del conflicto de Focio, la cuestión no constituyó la causa inmediata de la ruptura.

De diferencia teológica a signo de identidad

Focio convirtió el Filioque en uno de los principales argumentos contra Roma. La cláusula permitía presentar el conflicto con el papado como una defensa de la tradición griega frente a una supuesta innovación latina. La cuestión dogmática ganó así un peso político y eclesial que superaba su lugar inicial en la controversia.6,4,7

En 867, Focio convocó un sínodo en Constantinopla que condenó las prácticas latinas y excomulgó al papa Nicolás I. La encíclica de Focio a los obispos orientales atacó el Filioque junto con diversas costumbres occidentales. Aquella iniciativa constituyó el primer intento sistemático de presentar la ruptura con Roma como una separación fundada simultáneamente en razones jurisdiccionales, litúrgicas y dogmáticas.1,2

La controversia del Filioque no explica por sí sola el Cisma de Focio. La deposición de Ignacio, la intervención imperial, la autoridad papal y la jurisdicción sobre Bulgaria precedieron y condicionaron el uso polémico de la cláusula.

La primera ruptura y la caída de Focio

El sínodo de 867

El sínodo convocado por Focio en 867 condenó al papa Nicolás I y pidió al emperador Luis II que actuara contra él. Focio presentó la intervención romana como una amenaza contra el orden eclesial de Constantinopla y contra la tradición oriental. Nicolás I murió antes de recibir noticia completa de aquella condena.1

La ruptura fue grave, pero no alcanzó una separación permanente de todas las Iglesias orientales. El conflicto se concentró principalmente en Constantinopla y en los círculos eclesiásticos y políticos vinculados a Focio. La expresión «cisma» designa la ruptura de la comunión y la oposición entre las autoridades, aunque el conjunto de la cristiandad oriental no quedó uniformemente separado de Roma.

El cambio de emperador

En 867, Basilio I el Macedonio llegó al poder después del asesinato de Miguel III y de Bardas. Basilio depuso a Focio y restauró a Ignacio como patriarca de Constantinopla. Focio marchó al exilio.3,1,8

El nuevo emperador buscó reconciliarse con Roma. El papa Adriano II confirmó la deposición de Focio y apoyó la restauración de Ignacio. A petición de Ignacio, Adriano II convocó un concilio en Constantinopla, celebrado entre 869 y 870, que condenó a Focio y a sus partidarios. La tradición católica considera este concilio el cuarto Concilio de Constantinopla y el octavo Concilio ecuménico.3,1

La restauración de Focio y el papa Juan VIII

La muerte de Ignacio

Ignacio murió en 877. Antes de su muerte, había alcanzado la reconciliación personal con Focio y, según la tradición transmitida por fuentes eclesiásticas, habría aceptado que Focio le sucediera. Basilio I permitió entonces el regreso de Focio y su restauración en el patriarcado. Focio también asumió la educación de los hijos del emperador.1,4

La muerte de Ignacio modificó el problema jurídico y político. Ya no se trataba simplemente de defender a un patriarca legítimo depuesto, sino de encontrar una fórmula que restaurase la comunión eclesial sin prolongar indefinidamente las condenas y represalias.

La política de Juan VIII

El papa Juan VIII, elegido en 872, desempeñó un papel decisivo en la reconciliación. Su pontificado estuvo marcado por la defensa de los derechos de Roma en Europa oriental y por su preocupación por la evangelización de los pueblos eslavos. También intervino en favor de san Metodio, cuya misión en Moravia afrontaba la oposición de autoridades germánicas. Juan VIII examinó las acusaciones contra Metodio, reconoció su ortodoxia y permitió nuevamente el uso de la lengua eslava en la liturgia.8

Ante la restauración de Focio, Juan VIII adoptó una actitud conciliadora. El papa aceptó entrar en comunión con él bajo determinadas condiciones, para acabar con la división y restablecer la paz entre Roma y Constantinopla. La documentación pontificia presenta la recepción de Focio como una medida destinada a eliminar el escándalo del cisma y a recuperar la unidad eclesial.8,9

La política de Juan VIII no equivalía a considerar irrelevante la crisis anterior. El papa había apoyado los derechos de Ignacio y había rechazado la usurpación de su sede. Después de la muerte de Ignacio, sin embargo, la reconciliación exigía integrar a Focio en un nuevo orden de comunión. Juan VIII privilegió la restauración de la unidad, aunque la aplicación concreta de las condiciones pactadas provocó nuevas tensiones.

El concilio de 879-880

Durante el pontificado de Juan VIII tuvo lugar un nuevo sínodo en Constantinopla, celebrado en 879-880. Focio fue reconocido nuevamente como patriarca y la situación creada por el conflicto anterior quedó parcialmente superada. La recepción de Focio por Roma no eliminó todas las diferencias sobre Bulgaria ni resolvió definitivamente las divergencias acerca de la autoridad papal.

Las fuentes conservadas presentan interpretaciones distintas sobre el alcance exacto de este sínodo. La reconciliación fue real durante un periodo considerable, pero no estableció una solución definitiva para todas las cuestiones que habían alimentado la controversia.

Juan VIII condenó posteriormente a Focio por incumplir las condiciones aceptadas para la restauración de la comunión. Aun así, su intervención marcó un momento fundamental: el papa intentó sanar la ruptura mediante la readmisión de Focio y no mediante la perpetuación de las sanciones.8,9

La segunda deposición de Focio

En 886, el emperador León VI depuso a Focio y colocó en el patriarcado a su hermano Esteban. La nueva deposición respondió en gran medida a la política imperial y a la voluntad del emperador de controlar la sede patriarcal. Roma tampoco reconoció inicialmente al nuevo patriarca, porque la elección presentaba problemas canónicos comparables a los que habían acompañado la elevación de Focio.5

Posteriormente, bajo el patriarca Antonio II, un sínodo restableció la comunión entre Roma y Constantinopla. La reconciliación perduró aproximadamente siglo y medio, hasta la crisis protagonizada por Miguel Cerulario en el siglo XI.5,4

La continuidad de relaciones pacíficas después de Focio demuestra que el cisma no produjo inmediatamente una separación definitiva entre la Iglesia latina y la griega. La ruptura permanente de 1054 tuvo antecedentes en la controversia de Focio, pero no constituye una simple prolongación automática de los acontecimientos del siglo IX.

Consecuencias eclesiales

Consolidación de una corriente antiromana

Focio dejó tras de sí una corriente eclesiástica favorable a una mayor autonomía de Constantinopla y crítica con la primacía romana. La controversia acumuló resentimientos anteriores y proporcionó argumentos para cuestionar la intervención del papa en los asuntos orientales. La influencia de esta corriente reapareció en tiempos de Miguel Cerulario.6,5,10

El cisma también reforzó una identidad eclesial vinculada a la tradición griega. Las diferencias de lengua, disciplina y liturgia adquirieron un significado nuevo: cada costumbre podía convertirse en una señal de pertenencia a Roma o a Constantinopla.

Bulgaria y la organización de las Iglesias eslavas

La disputa sobre Bulgaria tuvo consecuencias duraderas para la configuración religiosa de los pueblos eslavos. Roma y Constantinopla comprendieron que la evangelización implicaba también autoridad jurisdiccional, organización episcopal y orientación cultural. La misión entre los eslavos no fue una cuestión marginal, sino uno de los grandes factores que determinaron la evolución posterior de la cristiandad europea.

La intervención de Juan VIII en Moravia y Bulgaria muestra que Roma no concebía la misión eslava como un ámbito exclusivo de Constantinopla. Al mismo tiempo, la resistencia bizantina reveló la importancia que el Imperio concedía a su influencia religiosa en los territorios vecinos.8,2

Antecedente de la ruptura de 1054

El Cisma de Focio suele considerarse un antecedente directo del Gran Cisma entre Roma y Constantinopla. La controversia introdujo en la polémica varios temas que reaparecerían en 1054:

  • La autoridad del papa.
  • La autonomía del patriarcado de Constantinopla.
  • La jurisdicción sobre los pueblos eslavos.
  • El valor normativo de las tradiciones litúrgicas.
  • La cláusula del Filioque.
  • La relación entre el poder imperial y la autoridad eclesiástica.

Sin embargo, la comunión entre Roma y Constantinopla fue restaurada después de las deposiciones de Focio. Por ello, el cisma del siglo IX no debe confundirse con la separación permanente que la tradición histórica vincula al año 1054.

Valoración histórica y teológica

El Cisma de Focio nació de una disputa concreta sobre la sede de Constantinopla, pero evolucionó hasta convertirse en una confrontación general entre dos modelos de autoridad eclesial. Roma defendió la legitimidad de Ignacio y la competencia del papa para juzgar su deposición. Constantinopla, apoyada por el poder imperial, defendió su autonomía frente a una intervención romana que consideraba excesiva.

La controversia no fue puramente dogmática. Las acusaciones sobre el ayuno, el celibato clerical, la confirmación y otras costumbres latinas pertenecían principalmente al terreno disciplinario. El Filioque, en cambio, planteaba una cuestión teológica real, aunque ganó fuerza como instrumento de identidad eclesial dentro de una lucha originariamente marcada por la jurisdicción y la política.

Focio fue una figura de enorme capacidad intelectual y gran influencia eclesiástica. Escribió sobre teología, exégesis bíblica, derecho canónico y literatura, y ejerció un papel decisivo en la formación de la conciencia eclesial bizantina. Al mismo tiempo, su acceso al patriarcado y su enfrentamiento con Roma quedaron inseparablemente vinculados a las maniobras de la corte imperial y a la defensa de las pretensiones de Constantinopla.5,1

Importancia para la historia de la Iglesia

El Cisma de Focio ocupa un lugar central en la historia de las relaciones entre la Iglesia católica y las Iglesias orientales. Mostró que las divisiones entre Roma y Constantinopla no dependían solo de formulaciones dogmáticas, sino también de la autoridad episcopal, la política imperial, la competencia misionera y las diferencias culturales.

La actuación de Juan VIII puso de manifiesto que la restauración de la comunión requería combinar la defensa de los derechos de la Iglesia romana con la capacidad de reconciliación. La recepción de Focio después de la muerte de Ignacio no borró las controversias anteriores, pero permitió recuperar temporalmente la unidad.

La crisis dejó una herencia ambivalente: por una parte, demostró que la ruptura podía repararse; por otra, consolidó argumentos y actitudes que reaparecerían en la separación entre Roma y Constantinopla del siglo XI. El Cisma de Focio fue, por ello, una ruptura grave pero temporal y, al mismo tiempo, uno de los antecedentes fundamentales del largo proceso que condujo a la división entre la cristiandad latina y la griega.

Citas y referencias

  1. Focio, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Focio (2015). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. El imperio bizantino. Enciclopedia Católica, El imperio bizantino (1913). 2 3 4
  3. San Ignacio de Constantinopla. Enciclopedia Católica, San Ignacio de Constantinopla (1913). 2 3 4
  4. Iglesia griega. Enciclopedia Católica, Iglesia griega (1913). 2 3 4 5
  5. Focio de Constantinopla. Enciclopedia Católica, Focio de Constantinopla (1913). 2 3 4 5
  6. Unión del cristianismo. Enciclopedia Católica, Unión del cristianismo (1913). 2 3
  7. Emmett O’Regan. San Tomás de Aquino y los orígenes de la doctrina de la infalibilidad papal, 16 (2025).
  8. Papa Juan VIII. Enciclopedia Católica, Papa Juan VIII (1913). 2 3 4 5
  9. Philippi Jaffe Monitum.* Juan VIII. Epistolae et decreta (Juan VIII), 1 (882). 2
  10. El cisma oriental. Enciclopedia Católica, El cisma oriental (1913).
Modificado el 13 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.37 • 97 visitas • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/nqghw53x9

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