El 20 de septiembre de 1378, trece miembros del Colegio Cardenalicio en Fondi procedieron a una segunda elección, eligiendo a Roberto de Ginebra, quien asumió el nombre de Clemente VII. Esta elección marcó el comienzo del Cisma de Occidente. Clemente VII, emparentado con las principales familias reales de Europa, era una figura influyente y políticamente hábil.
La cristiandad se dividió rápidamente en dos partidos casi iguales. La cuestión apremiante para los fieles era determinar quién era el verdadero papa. Incluso los santos se vieron divididos en sus lealtades: Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer, por ejemplo, apoyaron a diferentes contendientes. La mayoría de los juristas de la época se inclinaron por el papa de Roma, mientras que los teólogos estaban divididos.
La Perplejidad de los Fieles
La situación generó una inmensa perplejidad entre obispos, príncipes, teólogos y canonistas debido a los testimonios contradictorios de los cardenales que habían participado en ambas elecciones. Los mismos individuos que habían testificado a favor de Urbano VI en abril, actuaron y hablaron de manera contradictoria en septiembre. Esta incertidumbre hizo casi imposible que los fieles comunes llegaran a una opinión moralmente segura, y muchos siguieron a sus líderes naturales, que a su vez se guiaban por intereses o pasiones.
Este problema duró cuarenta años y afligió a dos generaciones de cristianos. Es importante destacar que, para la gran mayoría, no hubo una intención cismática formal. La gente estaba ignorante o mal informada, pero no culpable. La buena fe predominó entre el clero y el pueblo, quienes enfrentaron una casi imposibilidad de discernir la verdad.
Las Obediencias
Las lealtades geográficas se definieron entre septiembre de 1378 y junio de 1379. La mayoría de los estados italianos y alemanes, Inglaterra y Flandes, apoyaron al papa de Roma (Urbano VI y sus sucesores). Por otro lado, Francia, España, Escocia y otras naciones en la órbita francesa apoyaron al papa de Aviñón (Clemente VII y sus sucesores). La obediencia a Urbano era más numerosa, mientras que la de Clemente era considerada más imponente.
Los papas rivales se excomulgaron mutuamente, crearon numerosos cardenales y enviaron emisarios por toda la cristiandad para defender su causa. A Urbano VI le sucedió Bonifacio IX en Roma, y a Clemente VII le sucedió Benedicto XIII en Aviñón.