Las divisiones acompañaron a la comunidad cristiana desde los primeros tiempos. El Nuevo Testamento ya exhorta a los cristianos a evitar las rivalidades y las rupturas internas. San Pablo reprochó las divisiones surgidas en la comunidad de Corinto y pidió a los creyentes concordia de pensamiento y de acción.
A lo largo de los siglos aparecieron conflictos relacionados con la doctrina, la disciplina, la autoridad episcopal, la elección de los pastores y las diferencias culturales o políticas. No todas las controversias tuvieron la misma importancia: algunas afectaron a verdades fundamentales de la fe; otras se limitaron a cuestiones disciplinares o jurisdiccionales.
El cisma de Occidente
Uno de los episodios más graves fue el llamado Cisma de Occidente, que se prolongó entre 1378 y 1417. Durante ese periodo, distintas obediencias reconocieron simultáneamente a pontífices rivales, primero en Roma y Aviñón, y posteriormente también a un tercer pretendiente tras el Concilio de Pisa.
La crisis comenzó después de la elección de Urbano VI en 1378. Parte de los cardenales declaró inválida aquella elección y eligió a Roberto de Ginebra, que adoptó el nombre de Clemente VII y estableció su sede en Aviñón. La división adquirió una dimensión internacional, pues diversos reinos apoyaron a una u otra obediencia.
La dificultad principal consistía en determinar cuál de los pretendientes era el legítimo Romano Pontífice. La incertidumbre distinguió este episodio de una simple rebelión contra un Papa claramente reconocido. La crisis terminó mediante un proceso prolongado de renuncias, elecciones y decisiones conciliares que restauró la unidad pontificia en 1417.
El cisma entre Oriente y Occidente
La separación entre Roma y gran parte del Oriente cristiano no surgió de un único acontecimiento aislado, sino de un proceso histórico complejo en el que confluyeron diferencias teológicas, litúrgicas, culturales, políticas y jurisdiccionales. La cuestión del primado romano ocupó un lugar central en la ruptura de la comunión.
La Iglesia católica considera que las Iglesias ortodoxas conservan bienes eclesiales auténticos, especialmente la sucesión apostólica y la Eucaristía, pero reconoce igualmente que la falta de comunión con el sucesor de Pedro constituye una herida en su condición de Iglesias particulares.