La congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María fue establecida por San Antonio María Claret en Vic, España, el 16 de julio de 18491. San Antonio María Claret, después de años de predicar misiones populares en Cataluña, fue nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba1. Su vida estuvo marcada por la exhortación de San Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Cor 5:14), un lema que impulsó su dedicación a la salvación de las almas1.
El celo apostólico de San Antonio María Claret y sus misioneros, caracterizado por su enfoque en la gloria de Dios y la salvación de las almas, unificó todos sus intereses personales en su misión de servicio exclusivo al Evangelio y a la Iglesia2. Una característica indispensable de los misioneros claretianos desde sus inicios ha sido la combinación de una fe robusta con una doctrina amplia y segura2. Durante más de un siglo, han sido evangelizadores eficaces gracias a una armonía entre la predicación y el estudio2. La formación permanente, aunque hoy se enfatiza, era una realidad cotidiana para los primeros misioneros, lo que aseguraba una doctrina abundante, segura y constructiva2.

