El término clérigo (del latín clericus, que a su vez viene del griego kleros) significa originalmente «lote» o «porción»1. En la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, se usa con frecuencia en su sentido literal. Sin embargo, en la Primera Epístola de San Pedro (1 Pe 5,3), se aplica a todo el cuerpo de los fieles1,2. El uso de la palabra con su significado restringido actual, refiriéndose a aquellos en el ministerio eclesiástico, aparece ya en el siglo III, en escritos de autores como Tertuliano, Orígenes y Clemente de Alejandría1.
Una explicación común para la evolución del significado es que, de «lote» o «porción», llegó a significar un «lote» u «oficio» particular asignado a alguien, y finalmente, la persona misma que posee ese lote u oficio1. El Pontificale Romanum y San Jerónimo refieren a los clérigos como aquellos cuya «suerte» es el Señor mismo, una idea que se encuentra también en el Catecismo del Concilio de Trento, donde se explica que el clérigo toma al Señor como su herencia, similar a los levitas entre los judíos a quienes se les prohibió tener parte de la tierra, diciendo Dios: «Yo soy tu porción y herencia»3. Aunque estas palabras son aplicables a todos los fieles, se aplican de manera especial a quienes se consagran al servicio de Dios3.

