La Iglesia y el estudio de los códices
Pío XII señaló en Divino afflante Spiritu que en su tiempo se habían hallado y editado con rigor antiguos códices de los libros sagrados, y lo presentó como una invitación providencial a penetrar más hondamente en la Palabra de Dios.
El mismo Papa recordó que la crítica textual se emplea con razón en los libros sagrados, por la reverencia debida a los oráculos divinos. Citó a san Agustín, que situaba entre las primeras obligaciones del estudioso de la Escritura el cuidado de poseer un texto corregido. La finalidad de esta disciplina consiste en restituir el texto sagrado con la mayor perfección posible, purificándolo de las corrupciones debidas a la negligencia de los copistas.
Pío XII añadió que la crítica textual había alcanzado reglas firmes y seguras, y que la Iglesia había honrado estos estudios desde los primeros siglos. Encomendó a los biblistas católicos la tarea de procurar ediciones de los libros sagrados que unieran la máxima reverencia al texto con la observancia de todas las reglas de la crítica.
La Pontificia Comisión Bíblica considera la crítica textual el primer paso del método histórico-crítico.
Texto original y traducciones
Pío XII enseñó que el texto original, escrito por el autor inspirado, posee más autoridad y peso que cualquier traducción, antigua o moderna, por excelente que sea.
Explicó también que el decreto del Concilio de Trento sobre la Vulgata no disminuye el valor de los textos originales. La autenticidad de la Vulgata no se afirmó por razones críticas, sino por su uso legítimo en la Iglesia durante muchos siglos, y es de naturaleza jurídica más que crítica.,
El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia ha conservado siempre con honor las traducciones orientales y latinas de la Escritura, sobre todo la Vulgata. La Nova Vulgata, promulgada por san Juan Pablo II en 1979, continúa esta solicitud por ofrecer un texto latino fiel.
Una transmisión humana de una Palabra inspirada
La Iglesia enseña que Dios es el autor de los libros sagrados, que fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, y que enseñan firmemente, con fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación.,,
La existencia de variantes entre los manuscritos pertenece al orden de la transmisión humana del texto, y no contradice la inspiración ni la veracidad de la Escritura. El Catecismo recuerda además que la fe cristiana no es una religión del libro, sino del Verbo encarnado y vivo.
El canon recibido por la Iglesia
El Concilio de Trento definió que los libros sagrados deben recibirse «enteros, con todas sus partes», tal como se han leído en la Iglesia católica., La Tradición apostólica hizo discernir a la Iglesia qué escritos componen el canon, y es en la Tradición donde los libros sagrados se comprenden más a fondo.,
Esta doctrina permite distinguir dos cuestiones diferentes. Una es la historia textual de un pasaje, es decir, en qué manuscritos aparece y desde cuándo. Otra es su canonicidad, que depende de la recepción de la Iglesia. Que Ψ omita, según Gregory, la perícopa de la mujer adúltera no cuestiona la canonicidad de Jn 7,53-8,11, que la Iglesia recibe como Escritura inspirada y proclama en su liturgia. Lo mismo vale para los pasajes de Marcos que el códice omite o presenta con un final doble.
Escritura y liturgia
Las notas de leccionario y los neumas de Ψ muestran que el códice se usó en la oración de la Iglesia y no solo en el estudio. El Concilio Vaticano II enseña que la Iglesia ha venerado siempre las Escrituras como venera el Cuerpo del Señor, y que se alimenta de la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo. También afirma la máxima importancia de la Sagrada Escritura en la celebración litúrgica. El Catecismo exhorta a la lectura frecuente de la Escritura y recuerda que su estudio debe ser como el alma de la teología.